Estos últimos días, aprovechando un largo viaje, me
he dedicado a leer con mucho detenimiento los
discursos del Papa León XIV durante los numerosos
actos que desarrolló en España. Revisé no solo las
propuestas que nos hacía cuando presidía la Santa
Misa o en las celebraciones religiosas, sino también
las que estuvieron dirigidas a actos concretos en los
que siempre ha situado en el centro a la persona
humana.
En sus numerosas intervenciones tuvo menciones
muy especiales para los políticos, para el desarrollo
de la Caridad, la búsqueda de la verdad, la fortaleza
de los pueblos, la situación de los migrantes y
refugiados, y el diálogo permanente entre los
hombres de buena voluntad.
En sus planteamientos León XIV hizo hincapié en
que la Iglesia tiene que pisar mucho más la calle y
ser un instrumento de proximidad para estar mucho
más cerca de las personas que sufren, las que residen
aquí o las que llegan de fuera. Todo ello buscando
siempre construir fe y sociedad.
Como voluntario de Cáritas, institución con la que
colaboro desde hace algo más de 17 años, he querido
empezar mi largo recuento centrándome en los
aspectos de la Caridad, eje central de la institución
religiosa. El Santo Padre insistió en que no es un
añadido de la fe sino que esta engarzada en la misión
eclesial, y que esta misión no puede esperar. Nos
recordó que la Iglesia está llamada a mirar a las
personas que sufren, escuchar sus historias y
reconocer en ellas un momento de gracia.
“El dolor del hermano es hoy, y la respuesta tiene
que ser hoy. La Caridad no puede esperar”, señaló
León XIV, añadiendo que no se puede pensar que
las estructuras sean perfectas ni que los presupuestos
sean holgados.
Su Santidad fue contundente cuando a los jóvenes
les recordó que deben de buscar siempre la verdad:
“¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es
verdad! ¡No lo olvidéis!”.
A los representantes del pueblo, a los políticos, les
dijo, entre otras cosas, que “el escaño que ocupan no
es una propiedad privada ni un privilegio de partido;
es un mandato sagrado de servicio que no puede
reducirse a una técnica de gestión de la opinión
pública ni a una constante campaña de
autoafirmación”.
Frase contundente cuando menciónó: “La verdadera
fortaleza de un pueblo no radica en la uniformidad
de sus pensamientos, sino en su capacidad para
habitar pacíficamente la diferencia y hacer de la
escucha mutua el motor de su desarrollo”. Enlazado
con este aspecto afirmó que la cultura del
enfrentamiento no genera estabilidad y prosperidad.
“Una nación que olvida el valor del diálogo sincero
se condena a construir muros sobre sus propios
nacimientos, transformando el espacio público en un
campo de batalla ideológico donde se desvanece el
bien común”, rubricó el Papa.
En sus planteamientos públicos Su Santidad
profundizó en muchos temas relacionados con la
situación de los migrantes y refugiados para los que
pidió una respuesta rápida que “mire a las personas,
afronte las causas que las obligan a partir, y vaya
más allá de la mera gestión de flujos”.
Durante el tiempo que permaneció en España, y
cuando se dirigía a los miles de integrantes de los
auditorios y lugares de encuentro, el Papa siempre
les invitó a alzar la mirada “porque cada decisión pública
toca a personas de carne y hueso”.
Javier García Sánchez



