Sus seguidores hacen cola, espera larga y pagan mucho por oírlos, verlos, brincar con ellos durante noches largas. Katty Perry, Bad Bunny, Rosalía llenan estadios este verano y los sigo por YouTube el día siguiente a su actuación. Son espectáculos multidisciplinares: multisensoriales, multisensuales, instantáneísticos, súperlumínicos: en quince segundos quince flashes. Pocas notas y mucho rythm, tam, tam, tam, toc, toc, toc, dram, dram, dram, chim, chim, bang, bang, zrum, zrum, rythm…, barrido de focos sobre los asistentes, zaaass, zaaass. Ni una huella de melodía
Estos que llenan estadios y quienes los siguen danzan dos horas y media sin parar… ¿pueden pensar hondo y tranquilo? Lo harán más adelante, gustarán de Bach, aunque no ahora. Los filósofos recomiendan cultivar el silencio, un pensamiento reflexivo … El silencio creativo lo experimentaron sin despeinarse el pasado siete de junio medio millón de ciudadanos en la plaza de Lima, Madrid. Será que se puede.
Regreso a mis tres cantantes contemporáneos: Bad Bunny, Kartty Perry actuó en el Monte do Gozo hace cuatro días, Bud Bunny hace tres semanas en Madrid, Rosalía está en Nueva York, y veo y oigo sus perfomances gritonas de letra ininteligible, contorsiones espasmódicas, barridos de luz y gestos obscenos.
El sabio dice: ‘La verdadera felicidad es barata: si es cara no es de buena calidad’ (Chateaubriand, Memorias de ultratumba, 1849). ¿Qué aporta este tecno entretenimiento a la contemporaneidad? Me temo que un placer efímero, caro, con fatiga y jaqueca final. Deseo que sus entusiastas gusten de Bach, aunque no sea ahora.
Mi adolescencia transcurrió con rancheras, canciones francesas y Serrat. Iniciaciones al amor y al desamor. Con inteligibles y cantables letras que ayudaron a mi generación a conocernos: fallaste, corazón; una piedra en el camino/ me enseñó que mi destino/ es rodar y rodaar…; …entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol de la tarde… ; …ara que tinc vint anys ii em sento bullir la sang….



