“Nostalgia de la educación recibida”. José Fernández Lago

28 Maio 2026

Cuando miro hacia atrás y recuerdo los consejos de mis padres, completados con las enseñanzas de los maestros y el testimonio de un sacerdote como el de mi pueblo, que sirvió a los demás a lo largo de toda su vida…, no puedo menos que sentir nostalgia.

Intento según eso escuchar a todos y relacionarme con unos y otros, independientemente de que sean de los domiciliados en Santiago o venidos de otras latitudes. Ayer, al no tener quién cocinara para mí, he ido a un restaurante bastante familiar, con una persona asidua a los encuentros propios de mi vida ordinaria. Tenía al lado y en frente sendas mesas, ocupadas más tarde por dos y por tres personas. Por supuesto, el saludo lo he ofrecido, en cualquier caso, independientemente de que el que llegaba lo hiciera o no. Incluso he tenido conversaciones con las personas que ocupaban las mesas, en torno a los platos que, a mi juicio, les interesaba pedir.

La única persona con la que no he conversado era una del grupo de tres que estaba de espaldas, y que era de mediana edad. A ella le he oído intervenir con dos expresiones, que me han hecho recordar por doble motivo las enseñanzas de mis padres. Siendo mi madre de una delicadeza proverbial en su modo de hablar, tampoco a mi padre le he oído otra expresión fuera de lo normal que el taco más común, empleado en algún momento poco frecuente, para afirmarse en lo que manifestaba. Ambos, en otro orden de cosas, me dijeron en más de una ocasión que, mientras se estaba sentado a la mesa, no se debían comentar temas que volvieran desagradable la comida, al traer a las mentes de los comensales situaciones poco agradables, por emplear vocablos que evocaran aspectos sucios, asquerosos…

Sucedió en un determinado momento de la comida que la persona que estaba de espaldas pronunció en voz bien alta dos veces, en menos de medio minuto, algo con lo que mencionaba su propia porquería, que ella administraba, volcándola sobre el propio Dios. Yo, herido por un comportamiento tan poco delicado, no le he reprochado el que estuviéramos comiendo, pero no dejé pasar la oportunidad para indicar, de modo que lo oyeran los otros ocupantes de las mesas, que “hay que hablar bien y respetar a los demás”. Esta mañana, leyendo el libro de Job, me acordé de ello, pues, aunque la esposa de Job le movía a maldecir a Dios, por la lepra que le aquejaba, él se dirigía al Señor con cariño, manifestando que todo lo que él poseía se lo debía a Dios.

Reflexionando por la tarde sobre lo acontecido mientras comía, latían en mis oídos expresiones poco dignas de ciertos jóvenes que, acompañados de algunas mozas, aludían en público de modo poco delicado a los frutos de las aves de corral, pronunciadas al margen de lo referente a la vida de estas.

También es mucho más frecuente de lo que soportarían nuestros padres el que unas mozas, a las que, al menos la gente tradicional, las tratamos con delicadeza, pronuncien verdaderas “palabrotas”, que, al buscar un motivo por el que pudieran justificar el hacerlo así, no ve uno ningún otro que un intento, a veces solapado, de no ser menos en ese ámbito que los varones.

La persona que esto escribe, y que intenta ser consecuente en la vida, a la luz del aumento de la violencia sexual en nuestra sociedad, no puede menos que recordar que, “de tales polvos vienen esos lodos…”.

Desde los estamentos de poder, en los cuales no se tiene demasiado en cuenta a las familias, se habla de evitar el odio (bien entendido sería lo que prescribe el quinto mandamiento de la Ley de Dios), al tiempo que se han ido queriendo borrar, al no darle importancia institucional, las injurias de tipo religioso cometidas de modo agresivo en centros de culto. Algunas prescripciones llevan a costumbres indeseadas; y el intento de retirar todo lo religioso, y de lucrarse de los centros de oración, convirtiéndolos cuanto pueden en salas de conciertos o de exposiciones de muy diversos ámbitos, llevan a unas actitudes poco sensatas, de las cuales trataban de retraernos quienes nos dieron el ser e intentaron educarlo para el ejercicio del bien y el continuado respeto a los demás.

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