Un año más han tomado nuestras calles las manifestaciones sindicales del
Primero de Mayo. Tienen ya mucho de ritual previsible, casi litúrgico. Repiten
recorridos y consignas (salarios dignos, jornadas justas, vivienda accesible y
hasta las pausas para el café). Se reivindica mucho, sí, pero siempre dentro de
un perímetro cuidadosamente acotado.
Los sindicatos han perfeccionado el arte de seleccionar causas con bisturí
político. Lo que incomoda al empresario entra en el megáfono, lo que exige
autocrítica, o molesta a los propios representados se queda en casa. Así, más
que actuar como contrapeso, acaban funcionando como filtro: amplifican unas
reivindicaciones mientras amortiguan otras. Con el tiempo, ese desequilibrio los
acerca menos a la solución y más a una parte, no menor, del problema.
Sin ánimo de discutir la legitimidad sindical, Dios me libre porque juegan un
papel constitucional, me resulta cuanto menos curiosos, que en esas
manifestaciones “festivas y reivindicativas”, no les hayamos oído decir nada
sobre el absentismo laboral, pese a que hablamos de un problema que ya no
es anecdótico. España cerró 2025 en torno al 7,1%, con cerca de 1,6 millones
de personas faltando cada día a su puesto. Galicia, siempre fiel a su carácter
diferencial, se mueve en cifras aún más altas, alrededor del 8,6%, con bajas de
larga duración que ya forman parte del paisaje laboral. Aquí no se falta poco,
se falta con perseverancia. Para conocer mejor este fenómeno recomiendo un
magnífico estudio elaborado por las Universidades de Santiago y Vigo para la
Confederación de Empresarios de Galicia, presentado estos días.
El absentismo tiene, además, una peculiar capacidad para diluir
responsabilidades. Siempre es culpa de algo: del sistema sanitario saturado, de
las condiciones laborales, del clima, de la burocracia o, en última instancia, de
una vaga “situación estructural”. Nadie parece ser directamente responsable y,
por tanto, nadie siente la urgencia de corregirlo. Es un problema de todos y, a
la vez, de nadie. Y ya se sabe que lo que no tiene dueño difícilmente encuentra
solución.
Los costes se disparan, la productividad se resiente y la organización del
trabajo se vuelve un sudoku permanente. Pero hay más. El absentismo no se
reparte de forma aleatoria ni inocente. Se concentra en determinados días (los
lunes con resaca de fin de semana largo o los viernes estratégicamente
alargados) y en ciertas franjas que invitan más a la tentación que a la dolencia
súbita. No todas las ausencias responden a un parte médico incuestionable y
muchas se mueven en ese terreno resbaladizo donde la necesidad se mezcla
con la oportunidad. Y ahí es donde el sistema empieza a parecer menos un
escudo social y más un colador. Pero claro, eso tampoco cabe bien en una
pancarta, demasiado incómodo y poco épico.
Lo más llamativo no es la existencia del problema, sino la naturalidad con la
que se ha integrado en la vida cotidiana. Nadie organiza manifestaciones
contra ella, nadie redacta manifiestos.
Cada Primero de Mayo celebramos el trabajo evitando cuidadosamente hablar
de su ausencia. Como si el problema fuese a solucionarse por
incomparecencia. Y quizá ahí resida la mayor ironía, que en el día de la
reivindicación laboral más visible del año, el debate más urgente se quede, una
vez más, sin salir a la calle.





