
Ocurrió en clase.
Cierto día alguien tomo un teléfono móvil que no era suyo.
El robo en esas clases, en esa academia estaba muy penado, penado con la expulsión y el drama que llevaría a cuestas el alumno.
El profesor apaga todas las luces, y manda cerrar los ojos a todos, él va uno a uno, al final enciende las luces y pone el teléfono sobre la mesa.
Asunto resuelto, sin conocer quién era el culpable, el perdón a veces humaniza.
Pasaron más menos 20 años.
Cierto día en un gran centro comercial, el profe se encuentra con un exalumno, se saludan y en un momento el exalumno le dice al profe.
Profesor agradezco que cuando era niño, aquella historia del teléfono no dijese mi nombre, podría arruinar mi vida, mi futuro, le estoy eternamente agradecido.
El profe, responde. No sabía que eras tú, yo igual que todos también cerré los ojos.
Gracias a su perdón trabajo en el hospital de la ciudad ejerzo de neurocirujano, y todo gracias a su bondad.
Me alegra, pero yo no sabía eras tú.
Yo tambien había cerrado los ojos.




