Con el corazón en puño seguimos durante diez días la operación Ártemis II. Cuatro adultos pasaron diez días volando a cuarenta mil kilómetros por hora metidos en un cuartucho de seis metros de diámetro; y no se pelearon durante el viaje.
Para que eso fuera posible centenares de físicos, psicólogos, entrenadores, ingenieros, astrónomos, electricistas y dietetas se han pelado las cejas durante ocho años para que eso funcionara y volvieran sonrientes y sin despeinarse el viernes pasado. Un trabajo en equipo que enorgullece a la abollada condición humana. ¿Alguien, además, atornillaría las piezas de la cápsula Orión? (me parece que hay tornillos en tan sofisticada pieza)
La cápsula Orion se movió a cuarenta mil kilómetros a la hora y avanzó entre temperaturas de tres mil grados, la mitad de la temperatura de la superficie del Sol.
Y acuñó palabras algo raras: escudo térmico, biomarcadores inmunitarios, monitores del movimiento sueño.
Conozco la identidad de los astronautas Jeremy, Reid, Cristina, Víctor, y la del director de la NASA, Jared, pero ignoro la de los cientos de hombres y mujeres que hicieron cálculos, sumas y mediciones desde 2017 para que Orión haya ido y vuelto a Tierra.
Ártemis es una potente muestra de trabajo colaborativo bien hecho. Y ejemplo para la Humanidad entera, usted y yo incluidos.





