El cierre del servicio estatal de correos en Dinamarca con más de cuatro siglos de
historia es una de esas noticias que quedan eclipsadas por la rabiosa actualidad. Sin
embargo, su significado es profundo. No se trata solo de una reestructuración logística
de los servicios públicos, sino del final de una forma de vida que marcó las relaciones
humanas de muchas generaciones.
Durante siglos, las cartas fueron mucho más que un medio de comunicación.
Encarnaban la espera ilusionada, las promesas de ida y vuelta, la presencia viva de
quienes estaban lejos. En aquellos sobres viajaban noticias familiares, confesiones
íntimas, despedidas dolorosas que, en muchos casos, nunca tuvieron respuesta.
La caída del envío de cartas llevó a Dinamarca a tomar esta decisión y puede ser el
presagio del cierre del mismo servicio en otros países. Allí donde eso ocurra
desaparecerán los buzones, depositarios silenciosos de miles de misivas entrañables
cruzadas entre personas de distintas generaciones. Con su pérdida se va algo que ningún
mensaje instantáneo ha conseguido sustituir.
En España, y de manera especial en Galicia, las cartas fueron un medio vital de
comunicación. En tiempos de emigración masiva -hacia América, Europa o incluso
otras regiones del país- el correo era el único puente entre quienes se marchaban y
quienes se quedaban. Cada carta se leía, se releía y se compartía en voz alta alrededor de
la mesa y se guardaba como un pequeño tesoro. Traían noticias del padre en Buenos
Aires, del hermano en La Habana, del novio en Suiza… A veces eran mensajes alegres;
otras, llenos de nostalgia y preocupación. Pero siempre llevaban consigo calor humano.
Las cartas de los padres rebosaban cariño, consejos prácticos y un amor expresado con
palabras sencillas. Las de los hijos intentaban tranquilizar, exagerar la bonanza, ocultar
la dureza del trabajo y la soledad de la emigración. Y las de los novios contenían
promesas escritas con caligrafía cuidada, palabras pensadas durante días, besos
imaginados al doblar el papel y esperanza. En ellas cada palabra importaba, porque no
podía corregirse ni enviarse de nuevo al instante.
Hoy nos comunicamos más que nunca, pero rara vez dejamos una huella material de lo
que sentimos. Los mensajes se borran, se pierden en la nube o se diluyen en una
inmediatez irrelevante. Las cartas, en cambio, eran objetos que envejecían con nosotros,
que conservaban el olor del tiempo y podían tocarse décadas después.
El fin del correo tradicional no es solo una cuestión de eficiencia tecnológica. Es la
señal de que desaparece una forma más pausada, más reflexiva y quizá más tierna de
comunicarnos. Cuando el último cartero deje de repartir cartas, no solo desaparecerá un
oficio: se apagará una manera de estar en el mundo que nos enseñó a decir “te quiero”,
“estoy bien” o “no te olvido”.
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