“El santo que aún camina entre nosotros” – José Antonio Constenla

23 Marzo 2026

Con ocasión del 800 aniversario de la muerte de Francisco de Asís, el Papa León XIV ha decretado un año jubilar especial para que cada cristiano, “siguiendo el ejemplo del santo de Asís se convertirá en modelo de santidad de vida y testigos constantes de la paz”. Para inaugurarlo tuve la ocasión de participar en un acto con la familia franciscana de Galicia.

Mientras escuchaba hablar del “poverello” de Asís pensaba que hay figuras históricas que parecen pertenecer a un tiempo remoto, casi inaccesible, y otras que, por el contrario, siguen caminando entre nosotros, interpelándonos con una fuerza intacta. San Francisco de Asís pertenece, sin duda, a este grupo. Ocho siglos después de su muerte, su voz continúa resonando con una claridad sorprendente en medio de un mundo que, aunque tecnológicamente avanzado, sigue buscando sentido, equilibrio y esperanza.

Francisco no fue un teórico ni un hombre de grandes discursos abstractos. Fue, ante todo, alguien que decidió vivir de forma radical aquello en lo que creía. Hijo de una familia acomodada, renunció a la seguridad y al prestigio para abrazar la pobreza voluntaria, no como gesto de desprecio al mundo, sino como una forma de reconciliarse con él. Esta elección, en una sociedad marcada por el consumo y la acumulación, parece una provocación que nos invita a replantear nuestras prioridades.

Si algo distingue a Francisco es su mirada. Supo ver valor donde otros no lo encontraban: en los pobres, en los enfermos, en los marginados, y también en la naturaleza. Su relación con el entorno no era utilitaria, sino profundamente respetuosa. Llamaba “hermano” al sol y “hermana” a la luna, recordándonos que no somos dueños del mundo, sino parte de él.

No se trata de idealizar su figura ni de convertirla en un icono inalcanzable. Francisco no fue perfecto, pero sí coherente. Y esa coherencia es, quizá, lo que más necesitamos hoy. En tiempos de incertidumbre, de discursos grandilocuentes y promesas vacías, su ejemplo nos recuerda que las transformaciones reales comienzan en lo cotidiano, en cómo tratamos a los demás, en nuestras decisiones de consumo, en nuestra capacidad de escuchar y de cuidar.

Además, su vida demuestra que la alegría no está reñida con la sencillez. Al contrario, nace muchas veces de ella. Francisco hablaba de una “perfecta alegría” que no dependía de las circunstancias externas, sino de la paz interior. Esta idea, aparentemente sencilla, encierra una reflexión sobre la posibilidad de construir felicidad desde dentro, sin necesidad de grandes logros o reconocimientos.

El Año jubilar que conmemora el 800 aniversario de su muerte no es solo una ocasión para recordar su legado, sino una oportunidad para actualizarlo. No basta con admirar a Francisco. El verdadero desafío es preguntarnos qué significa hoy vivir a su manera. Tal vez no estemos llamados a abandonar todo, pero sí a simplificar, a compartir más, a mirar con mayor compasión y a actuar con más coherencia.

En un mundo que a menudo parece dividido y acelerado, Francisco se alza como un faro sereno. Nos recuerda que otra forma de vivir es posible, que la humildad puede ser una fuerza transformadora y que la esperanza no es una ingenuidad, sino una elección. Su mensaje no solo permanece sino que es urgente, y, sobre todo, profundamente humano.

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