“El pesimismo no es un destino”. José Castro López

17 Marzo 2026

Vivimos tiempos convulsos que están instalando en la sociedad una inquietud que
recuerda a otras épocas de gran incertidumbre. La percepción de que el orden mundial
nacido tras la Segunda Guerra Mundial se está resquebrajando genera tensiones
geopolíticas y problemas económicos que alimentan un clima de pesimismo colectivo.
Europa, durante décadas un espacio de cooperación política, integración económica y de
derechos sociales, está sumida también en su propia incertidumbre. Hoy se enfrenta a
desafíos externos -Rusia y China cuestionan abiertamente su modelo y la tradicional
alianza con Estados Unidos parece resquebrajarse-, y a desafíos internos, con posiciones
políticas que miran con desconfianza el proyecto común o proponen repliegues
nacionales.
En España, además, la polarización política ha reavivado un lenguaje de confrontación
que reabre heridas que parecían cicatrizadas. El tono del debate público se vuelve
áspero y transmite la sensación de que vivimos en una sociedad fracturada.
Este conjunto de factores -los intereses de las grandes potencias, las guerras, las
tensiones energéticas, la incertidumbre económica y la polarización política- termina
repercutiendo en los mercados y en la vida cotidiana de los ciudadanos -en su cesta de la
compra-, en la percepción de inestabilidad y en la pérdida de confianza en el futuro.
Pese a todo esto, conviene no perder los nervios ni la perspectiva histórica. Las
sociedades europeas han atravesado crisis mucho más profundas que la actual. El
continente conoció guerras devastadoras, dictaduras, las tensiones de la Guerra Fría,
recesiones económicas, crisis migratorias, pandemias… Sin embargo, de aquellas
sacudidas surgieron algunos de los mayores avances políticos y sociales de nuestra
historia reciente. El propio proyecto europeo nació después de uno de los momentos
más sombríos del continente y logró construir un espacio de democracia, bienestar y
libertad sin precedentes.
También España es un ejemplo de recuperación. En unas décadas pasó de la pobreza a
la modernidad, de la dictadura a la libertad y de la periferia a ser un país plenamente
integrado en Europa. Es verdad que las dos Españas existen, pero también existe una
tercera: la que trabaja, la que dialoga y la que no ocupa titulares porque está demasiado
ocupada construyendo futuro.
Quizá la principal lección en momentos de incertidumbre sea recordar que las
sociedades democráticas poseen una notable capacidad de resiliencia y corrección.
Discuten, se polarizan, se equivocan… y también rectifican. Esa tensión forma parte de
su propia vitalidad.
El pesimismo del momento es comprensible. Pero la historia demuestra que ninguna
crisis ha logrado borrar la capacidad humana para reconstruir, corregir el rumbo y
volver a empezar. Y ese hecho, en tiempos como estos, ya es una razón para la
esperanza.

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