
Rindiendo veneración una vez más al tópico de que las cosas de palacio se caracterizan por su parsimoniosa lentitud, el Concello de Ribeira aprovechará la emblemática fecha de la conmemoración de los 120 años del otorgamiento del título de ciudad -concedido por el rey Alfonso XIII en 1906- para protocolizar, el lunes día 23, un nombramiento adoptado por la unanimidad de la Corporación municipal que presidió en su día (2023) el regidor Manolo Ruiz: la designación del periodista y geógrafo Xosé María Fernández Pazos como Cronista Oficial de la secular villa llamada a los honores de ciudad, designación que prolonga una saga que tiene su precedente anterior en figura tan paradigmática como fue Carlos García Bayón, que ostentó el cargo a lo largo de veinte años, hasta su fallecimiento en 2003.
En una sociedad como la actual en la que la proliferación de mensajes es incesante manantial capaz de desbordar todas las compuertas del raciocinio, la reflexión y el rigor, pudiera entenderse la obsolescencia de esa figura de cronista oficial cuando las redes nos escupen -más que informan- de los aconteceres presentes y pasados en un batiburrillo, un totum revolutum, en el que tantas veces resulta imposible discernir la verdad de la mentira, la certeza del mito, la leyenda del dato objetivo. Razón de más, en consecuencia, para que sea la serena y templada capacidad analítica de un cronista con rango y responsabilidad de oficialidad el que nos ayude a separar la paja del grano, lo cierto respeto de lo pretencioso, lo auténtico más allá de lo imaginario. Porque a diferencia de los muchos indocumentados que acostumbran a adueñarse de las redes, corresponde al cronista, por oficialidad y compromiso adquirido, ayudarnos a distinguir lo blanco del negro y, aún, definir en su justa medida la amplia gradación de grises que van del uno al contrapuesto otro color.
En una villa-ciudad tan floreciente como lo es Santa Eugenia de Ribeira, que mide su existencia por largos siglos de prosperidad -documentos hay del S. XIII que la aluden- y que ha sabido pergeñar en todo este tiempo una consistente armazón cultural y social como colectividad, a buen seguro que no resultó fácil la elección de quien debiera continuar la fructífera trayectoria del aludido García Bayón, cuya memoria se perpetúa todavía hoy en buena parte del imaginario de la ciudad.
Acertó, empero, la Corporación municipal en su unánime apuesta por Xosé María cuando resolvió el nombramiento plenario sin más trámite o debate que la plena conformidad con la persona elegida. No se equivocaban. Porque en el designado se dan las dos características que deben presidir una elección de este tipo y relevancia: la legitimidad de origen y la que otorga el propio historial, ya susceptible de ser analizado.
Legitimidad de origen en quien hijo de la tierra a la que hace honor no hizo otra cosa en su vida que la de prepararse para un cometido que, quizá sin entrar en sus cábalas o previsiones de futuro, pareciera sin embargo diseñado a propósito desde esa dualidad de periodista y geógrafo que concurre en el elegido. Él, que tendrá que lidiar en esa doble trinchera de lo noticiable de ahora mismo y, al mismo tiempo, bucear con la exigencia de erudito en el legado cultural y social que la ciudadanía fue tejiendo desde esa importante parcela que es el estudio de la geografía humana y las relaciones sociales que conforman el particular ADN de una población en su caminar de siglos.
Y, señalábamos, legitimidad de ejercicio. Que en el caso de la persona elegida se mide por una abundantísima y variopinta muestra del grado de interés con que todo lo que atañe a la municipalidad ha motivado un denso quehacer en Xosé María. Desde su especialísima incursión en las circunstancias que provocaron el naufragio del conocido ya como el Titanic gallego -el vapor-correo Santa Isabel, con sus 213 fallecidos frente a la isla de Sálvora- respeto del que es el más documentado historiador, a la amplia colección de la memoria fotográfica de Ribeira con que nos deleitó a lo largo de años, con sus bien documentadas referencias históricas y geográficas, a través de las redes sociales enseñándonos esa geografía física y humana colgada ya para siempre en la baranda de los tiempos idos.
Por si alguna muestra más de esa dedicación fuera exigible, este mismo diario del Barbanza -en su doble vertiente digital y en papel- no es sino la culminación del compromiso de Xosé María con su patria chica, en quijotesca aventura respeto de la que, como sucediera al ilustre hidalgo de nuestras letras cervantinas, está convencido de que, por muy adversas que resulten las vicisitudes de cada momento mejores tiempos vendrán “donde más valga nuestro esfuerzo.”
Hay, finalmente, una tercera motivación que este juntaletras no quisiera dejar en el cajón de los olvidos involuntarios. Tanto en la elección de los mejores para tareas de responsabilidad social como en el otorgamiento de reconocimientos a singulares figuras de la colectividad, se habla con frecuencia del honor que dicha designación supone para la persona elegida. Pero se olvida con harta frecuencia también que, como en este caso, es la propia institución la que resulta legitimizada en su acierto con el aval de preparación, compromiso y hombría de bien que concurren en el elegido.
Como es el caso.




