“Nos reímos poco”. José Castro López

09 Febreiro 2026

La muerte de Fernando Esteso invita a mirar atrás con una mezcla de ternura y gratitud.
No fue un gigante del cine, pero fue un showman que cantaba, contaba chistes, imitaba
voces… Fue un cómico popular y familiar, de sobremesa compartida, capaz de provocar
carcajadas y de unir a varias generaciones alrededor de un humor, a veces ingenuo y
siempre cercano. Pertenece a esa estirpe de cómicos que se sentía feliz haciendo reír a
todo un país en momentos delicados de su historia.
Junto a Andrés Pajares formó la pareja inseparable del llamado destape, un cine que hay
que mirar con condescendencia porque cumplió una función social en un contexto
histórico. España salía de una larga dictadura y de pronto el desnudo, el chiste grueso y
la carcajada abierta se convirtieron en una válvula de escape colectivo. Aquellas
películas no eran perfectas, pero tenían algo profundamente liberador. No pedían
permiso ni pretendían dar lecciones, solo querían divertir.
Esteso, Pajares, Tip y Coll y otros cómicos de aquella época fueron -como La Codorniz
y Hermano Lobo- un fenómeno social irrepetible, nacido de una España que todavía
compartía referencias, horarios, dos canales de televisión y una cierta calma colectiva.
Un país donde el humor servía como punto de encuentro, no como motivo de disputa.
Y quizá ahí está la clave. No es solo que aquellos humoristas fueran geniales, es que los
españoles de entonces eran más propensos para la risa. Había menos ruido, menos
trincheras morales, menos necesidad de estar permanentemente indignados. Reír no era
sospechoso ni había que justificarlo. El humor no tenía que pasar filtros ideológicos ni
exámenes éticos constantes. Se aceptaba como lo que es: una forma de relajarnos y, en
muchos casos, de supervivencia emocional.
Hoy vivimos más tensos, más acelerados, más enfadado y nos reímos poco. Perdimos la
capacidad de relativizar, de tomar distancia, de no convertir cada discrepancia en una
batalla o disputa agria. Por eso figuras como Esteso, Pajares, Tip y Coll y más tarde
Chiquito de la Calzada, importan más de lo que parece porque nos recuerdan que el
humor no es un adorno cultural, sino una necesidad vital.
Reír no resuelve los problemas, pero los hace más llevaderos. Desactiva la crispación,
nos humaniza y nos reconcilia, aunque sea por un instante, con nosotros mismos. Una
sociedad que no se ríe corre el riesgo de volverse rígida, dogmática e insoportable.
Quizá la mejor manera de honrar la memoria de Fernando Esteso y de tantos humoristas
sea volver a concedernos la licencia de reír más, preocuparnos un poco menos y
recordar que, en medio del ruido y la polarización, el humor sigue siendo una brújula
fiable para orientarse en la vida. Porque, al final, no todo tiene que ser profundo para ser
importante y una carcajada compartida es una forma humilde y poderosa de felicidad.

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