
Resulta tentador declarar perdida a una generación cuando no encaja en nuestras categorías. Es una forma elegante de evitar preguntas incómodas. Si los jóvenes están extraviados, el problema es suyo, si no lo están, quizá el desconcierto sea nuestro.
Durante años hemos descrito a nuestros jóvenes como precarios, sobrecualificados, tardíamente emancipados y frustrados. La etiqueta ha hecho fortuna en tertulias y análisis demográficos. Pero reducir una generación a su coyuntura económica es empobrecerla y una forma de simplificación que termina por deshumanizarla. Una generación es también sensibilidad, mirada al mundo y diálogo con su tiempo.
Los datos son elocuentes y ayudan a dimensionar esa circunstancia. Según Eurostat, España se sitúa entre los países de la Unión Europea con mayor desempleo juvenil, y la edad media de emancipación ronda los 30 años, varios puntos por encima de la media comunitaria. No son simples estadísticas. Detrás de cada cifra hay proyectos vitales aplazados, decisiones familiares pospuestas y biografías condicionadas por la incertidumbre. Las cifras no explican toda la realidad, pero acotan el terreno sobre el que se construyen las expectativas.
Esta juventud ha crecido bajo el signo de la fragilidad: crisis financiera, pandemia, inflación persistente, guerras retransmitidas en directo. Si otras generaciones fueron educadas en la confianza en el progreso acumulativo, esta lo ha sido en la conciencia de la provisionalidad. El sociólogo Zygmunt Bauman habló de la “modernidad líquida” para describir una época en la que las estructuras sólidas se disuelven, los compromisos son temporales y las certezas, frágiles.
También ha cambiado la idea de éxito. Para muchos, ya no se mide solo en propiedad o acumulación, sino en coherencia y sentido. Algunos leen esa prudencia como apatía y esa búsqueda de equilibrio como falta de ambición. Tal vez sea, simplemente, una redefinición del esfuerzo.
A ello se suma un elemento menos visible pero decisivo: la transformación tecnológica y cultural que ha alterado la forma misma de socializar, informarse y trabajar. Esta es la primera generación plenamente digital, expuesta a una conversación pública permanente, a la comparación constante y a la aceleración de las expectativas. La hiperconectividad amplía oportunidades, pero también multiplica la presión y la sensación de inestabilidad. No se trata solo de precariedad económica, sino también simbólica, una dificultad para construir relatos duraderos en un entorno donde todo se actualiza y caduca con rapidez.
Llamarlos “perdidos” dice más de nuestro desconcierto que de su realidad. Lo que incomoda no es solo su precariedad material, sino la revisión cultural que plantean: cuestionan nuestras nociones de trabajo, éxito, autoridad y comunidad.
Tal vez no estén perdidos. Quizá estén explorando sin mapas fiables en un territorio que ya no se parece al que heredamos. Y explorar implica riesgo, pero también energía creadora.
Las generaciones anteriores administraron certezas y esta preguntas que debe aprender a gestionar. Si logra hacerlo con responsabilidad, no será recordada como una generación extraviada, sino como aquella que, en medio de la incertidumbre, se negó a aceptar que su destino estaba escrito.



