El Presidente del Gobierno se ha reunido en la Moncloa con un grupo de personas que él considera “víctimas de abusos en el seno de la Iglesia Católica”. De inmediato viene a mi mente dónde se encuentra ese “seno de la Iglesia Católica”… No tengo duda de que las casas las habitan familias, en las cuales suele haber hijos. Yo sé que en cada ciudad y su entorno hay también un Ayuntamiento, de cuyo seno formamos parte los allí domiciliados; y que, en esos lugares, como en algunos otros dependientes de diversas asociaciones, entre las cuales se encuentra la Iglesia, hay colegios, además de templos parroquiales.
En las familias hay padres que han querido y respetado a sus hijos, y estos de ordinario, han recogido el ejemplo de sus mayores. Otros padres han tenido un modo de vivir nada ejemplar, en algunos casos porque explotaban a algunas mujeres estimulando la sexualidad de ciertos varones, en tantas ocasiones casados. Incluso sucedía a menudo que un padre abusaba de sus hijas, algo que, tristemente, ha acontecido sobre todo en familias en las que no se vivía la fe cristiana, por lo que no estaban habituadas a confesar a menudo sus pecados.
En los colegios se intentaba estudiar, para poder concluir adecuadamente el curso. Por mi parte, la experiencia que he tenido de los profesores de mi colegio ha sido ejemplar. Cierto que no en todos los Centros de estudio sucedía otro tanto, y quizás fuera distinto en los colegios de niñas. De todos modos, las personas con fama de pederastas se señalaban con el dedo, y el director del Centro intentaba alejarlas de allí. Entre esos pederastas había algún eclesiástico, pues siempre hay personas que no se encuentran a gusto en su profesión.
Sin embargo, ni los sacerdotes pederastas eran muchos, ni había tantos pederastas en los colegios como en las propias familias; prodigaban, eso sí, los sacerdotes ejemplares, que servían al pueblo con entrega sacrificada, todo el tiempo de que disponían. En cualquier caso, ninguno de los sacerdotes pederastas vivía en el templo ni en otro sitio que permitiera hablar de “los abusos en el seno de la Iglesia”. Una afirmación tan poco apropiada solo puede hacerla quien no ha evaluado bien el alcance de los vocablos que utiliza, o quien quiere proteger lo que acontece en su propia casa buscando el mal que hay en ella en las casas de los demás.
Si desde el Gobierno se quiere corregir un mal ya civilmente prescrito -al haber acontecido hace treinta o cuarenta años- en un sector de nuestra sociedad que no era, ni mucho menos, el único en el que sucedía, ha de limpiar antes su propia casa de una corrupción plural y variopinta, que ha llevado a muchos de sus miembros más importantes a tener que dar cuenta de su comportamiento ante los tribunales.




