El Gobierno español, con el presidente de Andalucía y SS. MM. los Reyes de España, habían llegado a un acuerdo para hacer un Funeral de Estado el 31 de los corrientes, a modo de una especie de homenaje a las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz.
Por su parte, la Iglesia salió al paso de esas muertes haciendo en seguida el funeral y el entierro. Los actos litúrgicos en diversos templos continuaron, para pedir al Señor el eterno descanso y la felicidad sin fin de aquellas personas que habían sido víctimas de un accidente de tren, provocado por el deficiente estado de una parte de las vías.
Después de reflexionar sobre lo que podía acontecer, al haberse celebrado diversas Eucaristías, entre ellas la de Adamuz, con la participación de dos Obispos, y con numerosa asistencia de familiares y amigos de los fallecidos, y de autoridades civiles y militares, han decidido suspender o aplazar ese encuentro de carácter laico.
No está nada mal que se haya dejado para otra ocasión ese acto. En primer lugar, los homenajes deben hacerse únicamente a las personas que, por su empeño en salvar otras vidas, pierden la suya. Ese no es el caso de los muertos en accidente, que son simplemente víctimas.
En otro orden de cosas, respecto de quienes pierden la vida, está bien que mostremos nuestra condolencia a sus seres queridos que todavía viven: que nos solidaricemos con ellos y que ayudemos a mejorar la situación de quienes, a causa de esas muertes, van a tener que afrontar una vida más complicada. Eso, en lo tocante al pésame y a las promesas de atención para el futuro, lo hace muy bien el Gobierno, confiando en que se cumpla lo anunciado…
Sin embargo, lo fundamental para quien muere es lograr la paz, el descanso y la felicidad para un futuro que no se alcanza con los medios que el gobierno propone. ¿Cómo querer competir con unas celebraciones en las que la oración de los creyentes involucra a Dios y a la Virgen en la acogida del que llega desde este mundo, sin otros medios que su vida en la fe en Cristo Jesús y la colaboración orante de sus hermanos, miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo?
¿Cómo privar a tantos devotos de la Virgen, sea bajo la advocación de La Macarena como de la Virgen del Rocío o cualquier otra advocación, que saben que, más que cualquiera de las madres, la Santísima Virgen está siempre dispuesta a acoger a sus hijos, y, como sugiere San Pedro de Mezonzo en la Salve, presentárselos “a Jesús, fruto bendito” de su vientre?
Concluyendo: Al tratarse de muertos, una vez transmitidas las condolencias y hechas las promesas procedentes a quienes han resultado mermados en sus posibilidades para la vida, lo único que vale es lo que, con nuestra oración, podamos ofrecer en favor de los que se encaminan hacia la otra vida. Como dice uno de los cantos de los funerales, “Acoge, Señor, esta vida, en tus brazos abiertos de Padre: no la dejes perderse en el camino, dale acogida y alegría en la paz”.




