Mi padre de postguerra trabajaba para traer garbanzos para sus cuatro hijos y eso le llevaba tiempo. Mi madre de postguerra guisaba esos garbanzos y zurcía los calcetines de los cinco hombres de casa. Mi padre no tenía mucho tiempo disponible pero sí lo tenía para armar el belén. El de mi casa era de cajón fijo con corcho y musgo añadidos, no faltaba el toque fenal de toqueteos bricolage. Los hijos mirábamos.
Al belén gusta mirarlo compasivamente. Si hay río, más. En 2015 traje del mercado navideño de Sevilla una gallina y dos corderos para aumentar la fauna del pesebre doméstico. Joaco lo celebró el que más, gustaba de pesebres muy habitados. En Roma exhiben cien belenes de 32 países hechas de vidrio, de seda, papel, resina y otros materiales.
Mirar belenes es cosa de niños y hacerlos es cosa de adultos que se hacen niños y mueven las figuras muchas veces antes de darlo por bueno, y todavía las toqueteará un par de veces.
Navidad sin belén en casa es fría y está poco informada. A los munícipes post contemporáneos el pesebre les da urticaria. Al de la plaza del Obradoiro han puesto huecos y túneles en lugar de figuras. Han montado uno en el ala derecha de Raxoi y hay cola para verlo. Hay cerdos y gallinas libres de su peste; y una joven madre y un hombre joven, un niño chico y una mula y un buey. Y ahí estamos hombres y mujeres del mundo y los niños y animales todos del mundo. Se está ben en Compostela.



