
Mientras parte del rural de Boiro sigue esperando lo básico, el gobierno local ha decidido dejar su huella en forma de una gran obra: la rehabilitación y ampliación de la Casa da Cultura, por un importe que ya se anuncia cercano y previsiblemente superior a los cuatro millones de euros. Una decisión que, lejos de generar consenso, ha provocado incredulidad, enfado y una sensación cada vez más extendida de desconexión entre quienes gobiernan y quienes pagan.
La pregunta es sencilla y legítima: ¿era esto lo más urgente? ¿Era esta la prioridad real de un municipio con caminos deteriorados, saneamientos incompletos, parroquias envejecidas y vecinos que llevan años escuchando promesas que nunca llegan? Para muchos ciudadanos, la respuesta no ofrece demasiadas dudas.
No estamos ante una política de equilibrio territorial ni de atención a las necesidades cotidianas, sino ante una forma de gobernar basada en el impacto visual, en el proyecto grande, centralizado y políticamente rentable en términos de propaganda, foto y titular. Una obra pensada más para justificar gestión que para resolver problemas reales.
El discurso oficial insiste en que “la cultura es inversión”. Nadie discute el valor de la cultura. Lo que resulta discutible es utilizarla como coartada mientras se abandona el mantenimiento del territorio. Un auditorio no tapa baches, no arregla saneamientos, no mejora el acceso a servicios básicos ni frena la despoblación del rural. Lo que no mejora la vida diaria de la mayoría acaba siendo percibido, con razón, como un lujo impuesto.
Conviene además decirlo sin rodeos: esta obra condiciona seriamente el futuro económico del Concello. No solo por un coste inicial que ya se desborda, sino por lo que vendrá después: mantenimiento, personal, suministros, programación y gastos estructurales permanentes. Decisiones tomadas hoy que limitarán los presupuestos de mañana y que acabarán pagando generaciones que no han tenido voz en este proceso. Eso no es modernización; eso es hipotecar capacidad de gestión futura.
Pero quizá lo más preocupante no sea el edificio, sino la forma. Una actuación de esta envergadura se ha impulsado sin un debate social real, sin mecanismos efectivos de participación y sin un esfuerzo serio por explicar por qué este proyecto debía situarse por delante de tantas necesidades acumuladas. Gobernar no es solo contar con una mayoría para aprobar obras; es tener legitimidad social para defenderlas. Y esa legitimidad, en este caso, es más que cuestionable.
Cuando la ciudadanía percibe que se gobierna de espaldas, surgen la desconfianza y el hartazgo. No porque existan pruebas de irregularidades —que no las hay—, sino porque la opacidad, la prisa y la autosuficiencia política siempre generan sospecha. Y esa responsabilidad recae exclusivamente en quien gobierna.
Boiro no necesita monumentos a la gestión ni proyectos faraónicos que nadie pidió. Necesita planificación, prioridades claras y respeto por todo su territorio. Necesita menos propaganda y más mantenimiento. Menos obras grandilocuentes y más soluciones repartidas. Menos triunfalismo y más escucha.
La historia municipal está llena de obras “emblemáticas” que el tiempo acabó desnudando como errores de prioridades. Ojalá esta no se sume a la lista. Pero para evitarlo, el primer paso es asumir una verdad incómoda: gobernar no es imponer una visión personal, sino responder a las necesidades reales de la gente, incluso cuando no lucen en la foto.
Porque Boiro no se construye con hormigón. Se levanta con sentido común.
Manuel Losada es escritor.



