“Violencia de género y vida cristiana”. José Fernández Lago

26 Novembro 2025

Las Instituciones civiles han acordado celebrar hoy el Día contra la Violencia de Género. Se apoyan en una realidad: en el mundo de hoy hay más hombres que utilizan la violencia contra las mujeres, que mujeres que hacen lo mismo con los hombres. Esto es una consecuencia de la superioridad física de la mayoría de los hombres sobre la mayor parte de las mujeres. Ello debe conducirnos a buscar modos de conseguir que los hombres hagan prevalecer el respeto y el cariño sobre la tendencia al goce y al consiguiente abuso.

Esas Instituciones, sean Ayuntamientos, Sindicatos u otros grupos sociales de ámbito solamente civil, que intentan hacer frente a ese mal de la sociedad actual, programan manifestaciones de una gran mayoría de mujeres respecto de los que ellas consideran “hombres de espíritu machista”. Manifiestan que persiguen la igualdad del hombre y la mujer, una igualdad que, desde el punto de vista natural, es imposible: más bien deberíamos hablar de complementariedad.

Recuerdo con nostalgia los tiempos de mi infancia y juventud, cuando, tanto desde la escuela, como desde el catecismo o desde otros grupos cristianos (como por ejemplo la Acción Católica, la JOC y la HOAC) se enseñaban y trataban de vivir los mandamientos, tanto los de la Ley de Dios como los de la Iglesia. Entre los de La Ley de Dios, estaban, entre otros, el quinto: No matarás; y el noveno: no fornicarás (ahora dice el catecismo “no consentirás pensamientos ni deseos impuros”). Cuando un hombre se volvía agresivo contra su mujer, al ir a confesarse se acusaba de aspereza contra la esposa, y el confesor exhortaba al penitente al arrepentimiento y a pedir fuerzas al Señor para ser más cariñoso. Y, si un padre manifestaba quererle a la hija con el cariño que podía dispensar a una mujer adulta, el confesor le recomendaba detenerse y orar, pues su hija debía mantenerse virgen para casarse con quien había de ser su marido. A todos se les recomendaba, como se hace también hoy, el no iniciar un camino contrario al sentir de Dios, pues sería como emprender una cuesta hacia abajo, en la cual resultará imposible detenerse.

Hoy, siguiendo el sentir de esas Instituciones, se prescinde de la religión para hacer frente a tales problemas, y así acontecen tantas desgracias. Es ya algo insólito el que en los medios públicos aparezca un sacerdote, a no ser que haya realizado alguna fechoría; y, por mucho que les interese anunciarlo ejerciendo la sexualidad, no es fácil hallarlo (pidan porcentajes, en lugar de hablar sin más). Sí que aparecen cuando los trasladan a otro lugar y los parroquianos no están de acuerdo en ello; o cuando niegan la 1ª Comunión a un niño por tener reducidas sus facultades…, sin indicar que el padrino o la madrina que presentaban sus padres no reunía las condiciones adecuadas: no había recibido la Confirmación, o vivía con su pareja sin estar casado.

Para que no haya violencia de género ni surjan padres pedófilos -violencia gravísima-, más bien que hacer manifestaciones procedería pedirle fe a Dios, que nos ha dado la vida y que nos mantiene en ella. Al mismo tiempo nos promete una vida que no terminará nunca, si caminamos por la senda del bien y de la Verdad. Hacia ella y a lo largo de ella hemos de orientar a los miembros de cada familia. De ese modo -y no del otro- formaremos una sociedad digna, en la cual cada uno conozca bien su cometido, y respete y quiera como procede a la esposa y a las hijas, y ambos respeten y amen a sus maridos, a los demás hijos y a toda la sociedad. Si hacemos así, será el mejor modo de luchar contra la violencia de género y contra la pedofilia en la familia.

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