“Generación Z: una generación sin instrucciones” – José Antonio Constenla

24 Novembro 2025

Se dice que la verdadera entrada en la edad adulta no es pagar una hipoteca ni tener hijos, sino descubrir que tus referencias ya no sirven para entender a quienes vienen detrás. Tal vez por eso muchos adultos miran a la generación Z con la misma confusión que provoca un manual de IKEA sin dibujos.

En el trabajo, una mayoría de jefes admite su agotamiento por tener que lidiar con empleados que aún no han soplado treinta velas. Les reprochan su devoción casi litúrgica por el móvil, su alergia a los horarios y un sentido del tiempo que parece diseñado por un comité de físicos. Las quejas crecen como una playlist infinita. Las empresas que confiesan no saber cómo encajarlos, culpan a la universidad de no formarlos para lo que ellas necesitan, ¡como si en algún momento lo hubiera hecho!

Muchos jóvenes llegan al mercado laboral con la expectativa de que la oficina funcione como un videojuego: niveles rápidos, recompensas inmediatas y la opción de “reiniciar” cuando algo aburre. Cuando descubren que el trabajo no viene con el botón de “saltar tutorial”, la frustración es evidente.

¿Es culpa suya? En parte, quizá sí. Pero, siendo honestos, la sociedad tampoco puede hacerse la sorprendida. Les hemos educado con mensajes de motivación low cost y discursos de “sé tú mismo” y “puedes ser lo que quieras ser”, que la pasión es suficiente y que lo importante es la autenticidad, no el esfuerzo. Sin un solo apunte serio sobre disciplina, frustración o exigencia externa. Les dimos pantallas antes que responsabilidades, inmediatez antes que paciencia, entretenimiento antes que criterio. Y ahora nos sorprende que les cueste mantener la atención durante una reunión de cuarenta minutos. ¿De verdad no vimos venir esto?

La pregunta, por tanto, no es solo qué le pasa a la generación Z. La pregunta incómoda es: ¿qué hicimos nosotros para que el aterrizaje en la vida adulta les resulte tan brusco? ¿Cuánto hay de responsabilidad suya y cuánto de un sistema que les prometió un atajo que nunca existió?

Quizá la brecha no sea tecnológica ni laboral, sino educativa. Y quizá lo más honesto sería admitir que, mientras señalamos sus carencias, ellos solo reflejan las nuestras. Porque, nos guste o no, la generación Z ya ha aprendido a silenciar nuestras llamadas… y quizá también nuestras certezas.

Pero la reflexión no debería quedarse en la recriminación. Puede ser que la verdadera tarea sea entender que esta generación no es un fallo del sistema, sino la primera en crecer completamente dentro del mismo: hiperconectada, acelerada, emocionalmente expuesta y sin tiempo para la pausa. Si hoy parecen impacientes, frágiles o dispersos, es porque han interiorizado un modelo social que consagra la inmediatez y penaliza la lentitud. Y si exigen sentido y propósito, es porque intuyen que la productividad sin dirección no basta para sostener una vida.

Tal vez la clave esté en empezar a construir nuevos pactos: pactos laborales que reconozcan el valor de la flexibilidad sin renunciar al compromiso; pactos educativos que enseñen el valor del esfuerzo; pactos sociales que entiendan que la salud mental (el estado de ánimo) no sea un capricho, pero tampoco una excusa para evitar la dificultad. Solo entonces dejará de parecer que la generación Z viene sin instrucciones. Tal vez, simplemente, necesita un manual distinto del que usamos nosotros.

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