“El espejo de Valencia”. José Castro López

04 Novembro 2025

Rescato de YouTube el vídeo de los diputados franceses entonando con patriótica
devoción La Marsellesa en el duelo nacional de noviembre de 2015 después de los
atentados terroristas, un ejemplo de cómo una nación se sobrepone al dolor desde la
unidad. En Francia, la política se detiene ante la tragedia y el Estado se impone sobre las
siglas partidarias.
En España, en cambio, las catástrofes -naturales, humanas o económicas- no generan
sentimientos de unidad, sino de confrontación. Cada desgracia se convierte en un campo
de batalla. Ocurrió con los atentados del 11-M, con la crisis financiera, con el desastre
del Prestige o con los incendios de verano. Y ha vuelto a ocurrir con la dana de
Valencia de 2024, cuyo primer aniversario sirvió más para ajustar cuentas que para
aprender lecciones.
Aquel día el agua arrasó infraestructuras, anegó pueblos, destrozó economías, dejó
muchas víctimas y la respuesta institucional se convirtió en una disputa partidista. Gran
parte de la opinión publicada señaló al presidente de la Generalitat como el único
culpable por su “absentismo” y dejación de funciones en la catástrofe que costó la vida
a 229 personas. Los gritos de “asesino” y “cobarde” que se oyeron en el aniversario
estaban fuera de lugar -Mazón puede ser un inútil, pero no es un asesino-, aunque
reflejen también el sentir de familiares de las víctimas y de una parte de la opinión
pública que legítimamente exige responsabilidades al gobierno autonómico y a su
presidente.
Pero también es obligado recordar que la gestión de los daños de una dana de esa
magnitud excede las competencias y posibilidades regionales. En un país vertebrado, el
Gobierno central habría actuado de inmediato movilizando recursos y fuerzas del
Estado, y acompañando a los valencianos en su tragedia. Nada de eso ocurrió, la
respuesta fue lenta, politizada y las ayudas siguen llegando tarde.
La catástrofe de Valencia es como el espejo que refleja nuestra falta de madurez
política. Mientras los diputados franceses cantan su himno para reafirmar la unión ante
la adversidad, en España cada tragedia se convierte en una oportunidad para desgarrar
más la convivencia. Muchos dirigentes carecen de sentido de Estado y anteponen el
cálculo electoral y su ideología a la solidaridad en la desgracia.
Queda la figura del Rey que siempre recuerda la necesidad de la unidad y el respeto
institucional. Pero su voz, aunque simbólicamente poderosa, no basta. Sin un
compromiso real de colaboración entre administraciones y sin una ciudadanía que les
exija menos ruido y más coherencia, España seguirá tropezando en la piedra de las
acusaciones cruzadas.
La lluvia desbocada de Valencia no distinguió entre izquierdas y derechas y mientras
solo se sigan buscando culpables, se nos escapa lo esencial: que sin unidad no hay
Estado, y sin Estado no hay futuro.

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