Los reiterados informes de la UCO dejan un panorama tan grave como desolador. El
último sugiere una doble contabilidad en el partido gobernante, recoge diálogos de
“comercio carnal”, de chistorras, soles o lechugas, según el importe de los billetes, y
otras desvergüenzas que son atentados a la decencia y convierten la política en el
“pestífero lamedal” de Valle Inclán.
Resulta especialmente inquietante que el partido que alcanzó el Gobierno prometiendo
regeneración tras la corrupción de su adversario se vea ahora atrapado en el mismo lodo
que denunció. El mensaje para la sociedad es devastador: la corrupción no distingue
siglas y se alimenta de la impunidad del poder. Cuando la regeneración prometida en la
moción de censura se convierte en eslogan vacío desacredita a quién hizo la promesa y
destruye la confianza de la sociedad en la democracia.
A mayores está el deterioro del Estado de derecho. Cuestionar a los jueces, colonizar las
instituciones, manipular los medios públicos, huir del Parlamento, neutralizar controles
o convertir la rendición de cuentas en excepción no son simples formas de hacer
política, son señales de una deriva que indica que el país pierde calidad democrática y se
desliza hacia formas autocráticas.
“¡El mon ens mira!”, decían los protagonistas del procés y en esta hora el mundo
también mira a España. Parafraseando a Javier Cercas, “ya que el mundo nos mira, ojalá
no vean lo que estamos haciendo” porque en estos últimos años hemos dado muchas
lecciones de corrupción, crispación y cinismo.
El contraste con la Transición es inevitable. Hace casi cincuenta años España conquistó
la democracia gracias a políticos “limpios y con sentido de Estado que alcanzaron los
grandes acuerdos que requería el país. Los dos padres vivos de la Constitución
recordaban en el Foro La Toja los valores que hicieron posible aquella gesta que
asombró al mundo: el respeto mutuo, reconocer al otro como interlocutor, la voluntad
de construir juntos un nuevo país y la decencia.
Ahora España vuelve a asombrar al mundo “que nos mira” por la corrupción en los
aledaños del poder, por el nivel zafio del Congreso y la crispación que, lejos de unir,
enfrenta a los españoles. El consenso se tilda de debilidad y las palabras gruesas de la
bronca y las carcajadas desaforadas para mofarse del adversario acaban con las formas
democráticas, como ocurrió el miércoles en el Congreso.
España necesita políticos decentes que, además, entiendan que representar a los
ciudadanos y gobernar es dialogar y que la democracia no se defiende con eslóganes
sino con honestidad y respeto institucional. Las reglas del modelo democrático son
escuchar, debatir, acordar o disentir, sin deslegitimar al contrario. Recuperar estos
valores es tarea inaplazable pero, lamentablemente, no podemos hacernos ilusiones.
“José María Fonseca Moretón, el vino como bandera y Galicia en el corazón”. Javier García Sánchez
Los caldos gallegos alcanzaron en él la máximadimensión mundial llegando a mercadosinsospechados. Solo a un genio como él se le pudo ocurrirconvocar un concurso de cartelismo para dar aconocer el caldo que contienen las botellas deTerras Gauda. De este modo evocaba a...



