Dicen y es cierto, que lo más terrible es que una madre tenga que enterar a un hijo y es cierto es infernal.
Como infernal es que unos niños tengan que enterrar a sus padres y madres y no por enfermedad, sino porque alguien pecadosamente poderoso decide bombardear la pequeña aldea.
Y el niño no abandona el hogar destruido por, no solo por las bombas sino una buldócer, acaba de destruir las pocas piedras en pie.
Su techo, su manta es el cielo estrellado, a veces le pregunta su dios el porqué.
Les ves llorando pedir un trozo de pan, las lágrimas será la única agua que calme su sed.
Les niegan el agua, el pan y la sal.
Un día haces la estupidez por solidaridad de ese día estar en ayunas, ¿y?, y nada, y te preguntas como calmar tu rabia, la injusticas que ves televisada día a día, y tu sentado impotente.
Un beso, una caricia puede estar mal visto dependiendo del quien, pero retransmitir la muerte en directo a la hora del almuerzo, ya uno se acostumbra.
Los niños tiene derecho a ser felices, no pueden venir a este mundo bajo un manto de bombas asesinas, los niños no tienen derecho a llorar.
Te preguntas quien son estos sátrapas, asesinos de inocentes, pues son los hijos y nietos de aquellos salvados, por El Ángel de Budapest, así conocían al español Ángel Sainz Briz, Schindler, o R Wallenberg, ellos salvaron a los judíos de la cámara de gas, de la atroz muerte nazi, hoy sus descendientes hacen lo mismo con sus víctimas.
Los nazis le daban un plato de agua caliente, un techo donde pasar la noche, y estos se lo niegan.
Consecuencias, cuando las victimas los sobrevivientes alcancen la edad adulta ¿Qué harán?, como reaccionaran, es la guerra continua, la guerra infinita, es la semilla que están plantando.
Sin hogar, sin padre ni madre, sin familia, huérfano de esperanza, que sentido tiene la vida.



