
En todas las épocas, las personas han oscilado entre la necesidad de crear comunidad y la exigencia de preservar la individualidad. Pensar como los demás ofrece seguridad y pertenencia. Pero cuando esa coincidencia se convierte en hábito acrítico, la sociedad corre el riesgo de deslizarse hacia la uniformidad intelectual.
Ya en 1859, Stuart Mill advertía en Sobre la libertad que la verdad solo se robustece cuando se mide con el error. No basta con conocer la propia postura: sin contraste, lo que creemos entender se reduce a una ilusión de comprensión. Coincidir con la mayoría no es un problema en sí mismo. Lo peligroso es hacerlo por inercia.
Esta advertencia cobra una vigencia singular en un tiempo marcado por la polarización y el miedo a disentir. Redes sociales, discursos mediáticos y dinámicas grupales empujan al individuo a sumarse, a pronunciarse siguiendo líneas ya trazadas. Los trending topics duran horas, los eslóganes circulan sin filtro y la presión por “estar al día” o “decir algo” se ha convertido en una forma de obediencia suave.
A diferencia de la obediencia clásica, impuesta con censura o castigo, esta nueva sumisión no se experimenta como coacción, sino como una elección “voluntaria”. Nadie nos obliga a repetir el eslogan, pero sabemos que callar equivale a quedar fuera del coro. Esa sutileza la hace más eficaz: persuade de que decidimos libremente, cuando en realidad cedemos la responsabilidad de pensar. Erich Fromm llamó a esta tentación “huida de la libertad”.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos se detienen antes de opinar? Hannah Arendt lo resumía con sencillez: pensar consiste, en última instancia, en “hacer compañía a uno mismo”. Ese ejercicio exige tiempo, matices y coraje frente a la prisa colectiva. En cambio, hoy predomina la reacción automática: se comparte antes de leer, se opina antes de comprender, se juzga antes de reflexionar.
El pensamiento propio tiene un coste. Requiere tiempo en un mundo que empuja a la respuesta inmediata. Demanda coraje en un entorno que premia la adhesión y penaliza la duda. Y pide paciencia en una cultura que idolatra la velocidad. Es más cómodo repetir un eslogan que examinarlo. Pero no podemos olvidar que una sociedad de ciudadanos perezosos en el pensamiento es terreno abonado para el dogmatismo y la manipulación.
Conviene aclarar que el disenso no equivale a rebeldía sistemática. La pose del inconformista, que lleva la contraria en todo, es otra forma de dependencia: la del adversario permanente. Coincidir con la mayoría, si se ha razonado antes, no es rendición sino madurez. Montaigne lo expresó con claridad al recordar que “la mayor cosa del mundo es saber ser uno mismo”. Y ser uno mismo implica aceptar que, a veces, nuestro juicio coincide con la corriente general y, en otras, nos sitúa en soledad.
Ortega y Gasset lo resumió también con precisión: “Vivir es sentirse forzado a decidir en cada instante lo que vamos a ser”. Esa elección íntima es, en último término, la que sostiene la libertad de todos.
Ser uno mismo, en tiempos de unanimidad superficial, es un gesto de resistencia. No se trata de llevar la contraria por sistema, sino de asumir la responsabilidad de pensar antes de asentir. Coincidir o disentir, sí, pero siempre después de haber pensado. Porque pensar sigue siendo el primer acto de libertad.



