A lo largo de este mes de agosto, algunas personas de tendencia pirómana fueron encendiendo fuego en montes cercanos a algunos pueblos en los que, frente al viento reinante, las fuerzas vivas no podían hacer nada para su extinción. En algunos de estos pueblos, la desolación era grande: habían perdido todo lo que tenían, fruto de un trabajo sacrificado a lo largo de su vida; y, mirando al futuro, tampoco tenían esperanza, pues, aparte de las casas, habían perdido sus vacas u ovejas, y había desaparecido además todo tipo de pasto, con el que alimentar a los animales que podían poseer en la propiedad de algún familiar.
En situaciones comprometidas, al ver los paisanos que el viento reinante podía arrastrar el fuego a sus domicilios, ha habido alguna gente que se ha puesto en camino, para ayudarles. Veían que las casas de los de un pueblo vecino estaban en peligro, y se dirigieron allí para ayudarles. No repararon en su falta de medios para extinguir el fuego, ni tampoco en los problemas que se les podían plantear al afrontar ellos un incendio que no reconocía a nadie.
Entendieron bien lo que era la solidaridad, antes de llegar este día -“Día Internacional de la Solidaridad”-, o, mejor aún, estaban muy al tanto de lo que requería la condición de vecinos: en lugar de rivalidad, cariño de hermanos.
En este mismo mes se están produciendo ataques de Israel contra un pueblo humilde, que trata de vivir en unas tierras en las que ha habitado a lo largo de muchos siglos. Entre ellos existe uno de los grupos considerados como terroristas -Hamás-, que recibe fuerte estímulo del comportamiento de los miembros del Estado de Israel. Netanyahu y sus estrategas programan unas acciones cuyo resultado, según lo que ellos afirman, ha sido en muchos casos distinto del que se quería conseguir.
Con demasiada frecuencia, Israel mata a un periodista u otro civil que no tenía nada que ver con las luchas entre facciones, y, una y otra vez, piden disculpas, pues -dicen- ha sido un error. A menudo matan a personas que acuden a beneficiarse de la comida que algunos países solidarios les ofrecen, y ellos no se duelen de lo que han hecho, pues eran palestinos, y, aunque no sean de Hamás, para ellos vale “como si lo fueran…”.
También en muchas ocasiones, como ha sucedido todavía ayer, lanzan bombas a un centro de asistencia hospitalaria; y, aunque eso a nivel social sea muy llamativo, lo justifican diciendo que ha sido un error…; y, sin que por ello se arrepientan, continúan igual.
Personalmente, me duele todavía más el que en los medios de difusión se utilice algunas veces el término “judíos”, algo que no encaja más que con una minoría de los miembros del Estado de Israel. En cualquier caso, es bueno que las naciones tengan en cuenta algo que procede de la fe cristiana: el principio según el cual “sin arrepentimiento no hay perdón”.



