Galicia sigue siendo la gran perjudicada en el reparto de las cuotas pesqueras europeas.
Nuestra comunidad, que aporta la mayor flota y depende vitalmente de la pesca para la
supervivencia de cientos de villas marineras, ve cómo Bruselas nos impone limitaciones
injustas mientras nuestros representantes políticos callan, asienten o regresan con promesas
huecas.
La raíz del problema es conocida: la entrada de España en la Comunidad Económica
Europea en 1986 se negoció con prisas y se aceptaron unas reglas fijadas en base a capturas
de los años setenta, cuando nuestra flota estaba excluida de muchos caladeros. A partir de
ahí, Galicia quedó condenada a una posición secundaria en el reparto, pese a ser el motor
pesquero de Europa. Pero lo verdaderamente escandaloso es que en casi cuatro décadas
nadie haya sido capaz de revertir esa injusticia histórica.
¿Por qué? La respuesta es dolorosa: porque nuestros representantes políticos han
fracasado. Han preferido obedecer a los intereses de partido antes que levantar la voz por
Galicia. Han acudido a Bruselas divididos, sin estrategia común, sin la firmeza que otros
países sí demuestran a la hora de defender lo suyo. Francia o Dinamarca saben hacer valer
su poder, aunque sea con menos flota. Nosotros, teniendo más razones que nadie, volvemos
siempre con las manos vacías.
Lo peor es que en Madrid la pesca gallega nunca ha sido prioridad. Para el Gobierno
central, la agricultura de la meseta o la industria del automóvil pesan más que el pan de
nuestras gentes del mar. Y nuestros eurodiputados gallegos, en lugar de plantar cara, se han
limitado a repetir el discurso oficial de sus partidos, olvidando que representan a un
pueblo que vive del mar desde hace siglos.
Reclamamos lo que nos pertenece: un reparto justo, una revisión real del principio de
estabilidad relativa y una política pesquera que tenga en cuenta no solo cifras económicas,
sino la dimensión social y cultural de la pesca en Galicia. No pedimos privilegios; pedimos
justicia.
Galicia no puede seguir siendo la gran sacrificada de Europa mientras otros se enriquecen a
costa de nuestro esfuerzo y nuestra paciencia. Ha llegado la hora de que nuestros
representantes despierten, o de que la sociedad gallega les exija cuentas. El mar nos ha
dado todo. Lo que no podemos permitir es que la política nos lo quite.
Porque, como bien dice nuestro refrán: “Quen non chora, non mama.” Y Galicia lleva
demasiado tiempo soportando en silencio.



