
En los últimos años, a medida que se imponen los discursos a favor de un Estado federal o confederal, asistimos a una tendencia llamativa sobre la paulatina desaparición de los símbolos nacionales (el escudo, los colores de la bandera, incluso el nombre del país) de la imagen corporativa de múltiples organismos públicos. Ministerios, secretarías, agencias estatales o campañas institucionales comienzan a lucir logotipos genéricos, esquemas de color neutros y una estética más propia de una consultora privada que de una institución pública con vocación nacional.
Así por ejemplo, nos encontramos con que el Ministerio de Cultura estudia suprimir la corona real del logotipo de la Biblioteca Nacional, a pesar de que fue Felipe V quien la fundó en 1712. La Agencia Estatal de Meteorología eliminó de su logo los colores de la bandera. Pero la transformación más llamativa la sufrió la imagen de Correos, un organismo que juega un papel esencial en la vertebración territorial del país.
¿Qué hay detrás de estas decisiones? Se argumenta que se trata de “modernizar la imagen institucional”. Excusas que, si se examinan con detenimiento, revelan más intenciones políticas que criterios estéticos. Como si mostrar abiertamente la bandera o el escudo pudiera resultar ofensivo. Como si España fuera, en sí mismo, un problema que conviene suavizar con paletas pastel y diseños asépticos.
El problema no es el diseño gráfico es el mensaje. Cuando el Gobierno vacía de identidad a las instituciones del Estado, prescindiendo del escudo o la bandera, lanza una señal: la identidad nacional es secundaria, molesta y es prescindible.
Pero ¿desde cuándo lo nacional es sospechoso? ¿Qué clase de país elimina sus signos identitarios en nombre de una modernidad mal entendida, en lugar de proyectar una imagen de cohesión, orgullo y legitimidad institucional? Esa actitud no solo es cobarde, sino peligrosa. Porque cuando las instituciones ocultan los símbolos que nos unen, ceden terreno al relato de los que buscan la fractura y al borrarse lo común, se mina la confianza en las instituciones, se fomenta la fragmentación y se debilita el relato compartido que todo país necesita para sobrevivir.
Stefan Zweig explicaba muy bien porque deben importar los símbolos nacionales: “Los pueblos necesitan símbolos, como los niños necesitan cuentos. No por ingenuidad, sino porque en ellos condensan sus aspiraciones y su historia”. Los símbolos no son simples adornos, son anclas de la memoria colectiva y la continuidad institucional.
España no es un logo intercambiable. Es una nación con siglos de historia, una democracia consolidada y un pueblo plural que merece verse representado con dignidad. El Gobierno tiene el deber de cuidar y no esconder los símbolos que encarnan ese proyecto colectivo. Lo contrario no es modernización, es deslealtad institucional y desprecio por lo que representa el Estado.
Reivindicar los símbolos comunes no es un gesto de nostalgia ni de ideología rancia, es un acto de responsabilidad democrática. Un país que no se representa a sí mismo con claridad es un país que se difumina, lo que a la larga, nos pasará factura a todos.
Ya lo dijo Antonio Machado, con la lucidez de quien intuía el peligro del olvido: “El desprecio de los símbolos es el principio del desprecio de la patria”. No podemos permitirnos seguir caminando por esa senda.



