
Soplaba el viento del mediterráneo, levantaba, volaba la arenisca que no era arena de playa, era la arena del cemento totalmente destruido, polvorizado, no podías distinguir la cocina, del dormitorio, todo era apocalíptico.
Fuera en la calle, un silencio sepulcral, recordaba la canción de Palito Ortega” por favor no pisen las flores” o recordé a Joan Manuel Serrat, “tu nombre me sabe a hierba, fresca del valle”.
Ni un ápice, ni una brizna de hierba, fresca o seca.
Lo único vivo, era un triste caballito de madera, triste porque ya nadie jugaba con él,
Yo recordaba mi infancia, con diferentes caballitos, ambos éramos felices, él y yo.
Pero ahora, no había niños para jugar con el caballito, ambos nos pusimos a hablar a recordar tiempos no tan lejanos, él me miraba, yo le miraba.
Le abrace contra mi pecho, sentí su latir, sentí su soledad, su angustia, sin esperanza, sin futuro, en el abrazo sentí el calor de otros niños.
Ahora en ese rincón de Gaza, silencio, el mismo silencio de los cementerios, le abrace fuertemente, sentí su latir, y ambos nos pusimos a llorar de impotencia, de sentirnos nada,
Y yo que no piso las flores, pienso, tu muerte es mi vida, tu muerte por la vida del caballito, pero yo no sé matar, o tal vez no tengo la oportunidad, si los vientos del destino cambiasen, juro por todos los dioses, griegos y romanos, que entre tú y el caballito, salvaría al caballito.
Y a ti, ni tierra te daría, por temor a que tu odio contamine el subsuelo.



