“En defensa de Occidente” – José Antonio Constenla

09 Xullo 2025

Europa se ha vuelto un continente cansado, de sí mismo, de sus símbolos, de su pasado. Lo que alguna vez fue un faro de civilización, una sinfonía de culturas, hoy parece atrapada en la melancolía de quien ya no cree merecer su legado. El desarraigo se ha convertido en doctrina, la duda, en virtud suprema y la identidad, en sospecha.

Atravesamos un crepúsculo, no uno de ruinas visibles, sino de almas confundidas. Las catedrales aún se alzan, las universidades siguen abiertas, los parlamentos debaten. Pero algo profundo se ha quebrado: la convicción de tener un propósito común, una historia que vale la pena defender, una identidad que no se avergüenza de sí misma.

Europa está perdiendo su voz. No por falta de palabras, sino por exceso de corrección. En nombre del relativismo hemos renunciado a toda brújula, y extraviada entre la desmemoria y la burocracia, se pregunta qué la une, qué la define, y hacia dónde quiere ir.

En una cultura donde se premia lo ambiguo y lo firme es castigado, es una rara avis, escuchar a un líder político hablar con convicción sobre temas fundamentales como la identidad, la familia o la soberanía. Por eso, el discurso de la Presidenta de Italia, Giorgia Meloni, en la Conferencia Política de Acción Republicana (CPAC) resonó con potencia y ha tenido una enorme difusión. No habló como tecnócrata, ni como burócrata de Bruselas, lo hizo como alguien que cree que Europa no es solo un espacio económico, sino una civilización con alma, raíces y nombre.

En un tiempo donde las palabras se gastan como monedas oxidadas y la verdad se diluye entre gritos, defender a Occidente parece una empresa anticuada, casi cursi. ¿Qué es Occidente hoy? ¿Una frontera política, una tradición cultural? ¿O simplemente una palabra con la que nombrar lo que se teme perder?

“Toda civilización muere por suicidio, no por asesinato”, escribió Arnold Toynbee. Y hoy, Europa se desliza hacia esa muerte dulce y decorosa del que ya no cree en sí mismo.

En un tiempo donde muchos se esconden detrás del lenguaje tibio de los comunicados multilaterales, es importante recordar que somos algo más que consumidores globales, somos como dice Paul Valéry, “Una idea, una fe, un proyecto espiritual”. El futuro no debe significar olvido del pasado, sino su continuidad consciente. Sin raíces no somos más que un decorado sin alma.

Europa tiene que dejar de pedir perdón por existir y no renunciar a la belleza de ser lo que es y no temer decir “nosotros” en voz alta.

“La tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas”, escribió Gustav Mahler. Quienes creemos que otra Europa es posible, no pretendemos momificarla, sino avivarla. Reavivar ese fuego que encendió a Atenas, a Roma, a Chartres, a Viena. Ese que hizo del Viejo Continente el crisol del espíritu humano.

Nos sobran los tecnócratas de sonrisa neutra. Necesitamos líderes que piensen en siglos, no en encuestas. Que se atrevan a hablar de civilización, de sentido, de trascendencia. Que comprendan que la historia no es un museo, sino un mandato.

Europa no es una nostalgia: es una tarea. No es un museo, es una conversación inacabada. “Occidente no es un lugar, es una idea” como afirmaba George Steiner. Y lo que lo hace especialmente valioso es su capacidad de levantarse tras cada error, de abrirse paso entre las ruinas y comenzar de nuevo.

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