“Un rayo, 22 vacas”. José Castro López

06 Xuño 2025

El antropólogo Carmelo Lisón Tolosana, buen estudioso del mundo rural gallego, dejó
escrita en la Antropología Cultural de Galicia una observación precisa que puede
parecer desconcertante para quien no conozca bien la idiosincrasia de esta tierra. En las
aldeas gallegas, decía, los vecinos vivían entre una desconfianza intensa y una ayuda
mutua sólida, profunda e inquebrantable. Esta aparente contradicción resume una forma
de vida donde el individualismo habitual no impide que, ante la desgracia, se activen los
resortes más generosos de la solidaridad.
La reciente tragedia en el municipio de Rodeiro, en la provincia de Pontevedra, ofrece
una muestra actual, viva y conmovedora de ese comportamiento social gallego. Una
familia de ganaderos perdió de golpe 22 vacas, un golpe devastador para su explotación,
eje de su sustento, tras la caída de un rayo. Lo que era una desgracia solitaria se
transformó en un acto de solidaridad colectiva y empática: una campaña impulsada por
el concello y la cooperativa agrícola local en solo seis días logró recaudar los fondos
necesarios para que esta familia pudiera recuperar su medio de vida.
Ese gesto solidario no partió de grandes instituciones ni de campañas gubernamentales.
Fue el pueblo gallego, en el sentido más amplio de la palabra -sus vecinos, los
emigrantes, sus gentes, en definitiva- el que reaccionó con una rapidez y una eficacia
que evidencian una cultura donde la solidaridad no es solo un valor, sino una práctica
viva. A través de las redes sociales, de los medios locales, del boca a boca rural, Galicia
(y mucha gente del resto de España) se volcó sin estridencias, sin alardes, como se
ayuda aquí: de manera directa, callada y eficiente.
El caso de Rodeiro muestra que, en Galicia, la ayuda mutua sigue viva, que la
solidaridad no ha sido destruida por la modernidad ni por la dispersión rural. Más aún,
revela que la comunidad gallega es capaz de actuar con una rapidez y eficacia
asombrosa cuando a uno de los suyos le viene la desgracia. Esta capacidad de reacción
nace de un sustrato cultural profundo, donde la memoria de las carencias compartidas –
el hambre y la escasez, la emigración y los problemas sobrevenidos por los elementos
atmosféricos- ha enseñado que la desgracia de uno es, de algún modo, la desgracia de
todos.
En tiempos de crisis global, donde el individualismo a menudo domina las relaciones
humanas, Galicia ofrece con ejemplos como el de Rodeiro una lección de comunidad.
Nos recuerda que la solidaridad no es una excepción heroica, sino una forma de estar en
las aldeas, de reconocerse en el otro y actuar en consecuencia. La desconfianza puede
formar parte del carácter, pero la ayuda mutua es parte del alma gallega. Y cuando esta
alma se despierta, como lo hizo por la familia de Rodeiro, el resultado es una de las
formas más nobles de humanidad.

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