No hay mejor que acudir a los clásicos para reconocerse o, mejor dicho, para
reconocer lo que otros hacen y dicen. Se atribuye a Chesterton, aquel genio
católico de la paradoja, pronunciada después po otros como Julio Caro Baroja
y Umberto Eco, la frase, “cuando alguien deja de creer en Dios, cree en
cualquier cosa”. Sin embargo, al parecer, el autor inglés nunca dijo eso sino
que lo que dijo fue, “El primer efecto de no creer en Dios es perder el sentido
común”.
Es increíble la cantidad de cosas en las que la gente cree cuando deja de creer
en Dios. En A paso de cangrejo, Umberto Eco, reúne, bajo la advocación de
Chesterton, un catálogo completo de credulidades del nuevo milenio, explicado
por los derrumbes de la fe en Dios y en las ideologías. Lo que la gente cree
cuando ya no cree en Dios.
En esas credulidades, lo esotérico, lo daimónico y un chusco populismo
mediático prevalecen (como discursos de referencia) sobre la ciencia y la
razón. Esas nuevas supersticiones que encima son tan viejas, desde la
quiromancia audiovisual y la new age, hasta las químicas y alquimias del yo,
son todas supersticiones que admiten la doble militancia. Se cree en Dios y al
mismo tiempo se cree en todo y en cualquier cosa, hasta en los mayores
disparates.
Dostoyevski pone en palabras de Iván Karamazov uno de los grandes
problemas del ser humano: “Te digo que no existe para el hombre
preocupación más atormentada que la de encontrar a quien hacer ofrenda,
cuanto antes, del don de libertad con que este desgraciado ser nace”.
Kierkegaard en Temor y Temblor trata de entender la profunda fe de Abraham,
al que Dios le pide que sacrifique lo más preciado de su vida. Este sube con su
hijo al monte, coge el cuchillo dispuesto a degollarlo pero un ángel le detiene.
La fe, “lo más grande que se puede poseer” en palabras del filósofo danés,
salva a Isaac.
La marca Nike nos invita a aspirar a ser como Abraham. “Believe in something,
even if it means sacrificing everything”. Elige algo por lo que estés dispuesto a
sacrificarlo todo. Esta pregunta es especialmente relevante para este tiempo de
pesimismo y ausencia de creencias que vivimos.
Frente a esta ausencia, tenemos la otra cara de la moneda, la tendencia a
creer todo, o casi todo, lo que escuchamos, nos cuentan o vemos. Y lejos de
ser algo bueno, en definitiva nos lleva a involucionar. Con tanto bombardeo de
información en internet es más difícil descartar lo que es basura.
¿Pero por qué tendemos a creernos todo? Los expertos aseguran que porque
somos “tacaños cognitivos”, es decir, para ahorrar tiempo y energía, nuestro
cerebro utiliza la intuición en vez del análisis. Además normalmente juzgamos
si algo se siente “bien o mal” para aceptar o rechazar un mensaje. Nos
dejamos llevar más por los sentimientos que por la evidencia.
“Lo sabemos todo y no podemos nada”, escribió Marina Garcés en Nueva
ilustración radical. Con esta ironía se coloca al “analfabetismo ilustrado” como
el verdadero rostro del oscurantismo contemporáneo. Siguiendo con el espíritu
de las ideas de Garcés, vivimos un buen momento para conformar una nueva
alianza entre la ilustración, la ironía y la alegría, con el fin de combatir con gozo
las credulidades que nos colonizan. Por ello imagino un archipiélago de mentes
críticas que apuestan por la belleza de la fe y la razón.



