“En defensa de las propias ideas” – José Antonio Constenla

12 Maio 2025

Expresar una opinión disonante con la idea que mueve a la mayor parte de la sociedad resulta cada vez más complicado, especialmente desde que las redes sociales han entrado en el terreno de juego de la política.

En el contexto democrático, la libertad de expresión es, cada día más, un adalid de nuestros valores e idea del mundo. Sin embargo, en los últimos años hemos presenciado algunos episodios que demuestran la dificultad de salirse de lo que se concibe como contrario a la opinión mayoritaria. Los motivos residen en el miedo al aislamiento y la necesidad de encajar, dos hechos que generan dependencia respecto al clima de la opinión pública, a la hora de tomar decisiones o posicionarse.

Nos importa tanto la opinión del resto porque somos seres sociales. La narrativa de la sociedad tiende a la uniformización, y son pocas las ocasiones en las que se puede desafiar ese sistema.

En este contexto surge el término “Opinión pública”, uno de esos conceptos políticos confusos, que se pueden traducir en: “lo que piensa la gente”. Se investiga mediante encuestas y sondeos, y se considera que hay que tenerla en cuenta en el debate político y en la acción de gobierno. Lo que atrae el interés es su estrecha relación con el poder, asunto que fascina siempre.

Clemente de Metternich decía con envidia de Napoleón: “Los periódicos le valen lo que un ejército de 300.000 hombres” y Bertrand Russell sostenía que la opinión es omnipotente y que es el origen de todas las demás formas de poder.

Así las cosas, a la pregunta sobre si la opinión pública es fiable, o siempre tiene razón, hay que responder que no. El pueblo puede tomar decisiones autodestructivas, como sucedió con la elevación democrática al poder de Hitler.

“Hace siglos que la opinión pública es la peor de las opiniones”, afirmaba irónicamente de manera un poco exagerada, al menos para su época, Nicolas Chamfort, el moralista francés del siglo XVIII. Conocer la opinión pública y manipularla era entonces algo más complicado que en el interconectado e hiperbólico mundo de hoy día.

En la actualidad sacralizamos hasta el infinito lo que consideramos opinión pública, que no hemos de confundir con la opinión publicada en los medios de comunicación.

La política y los medios de comunicación se pliegan a encuestas, o a gurús que se proclaman portavoces del “sentir mayoritario”, para decidir sus líneas de actuación, sin darse cuenta de que su función en una democracia no es hacerse eco de lo que la masa pueda o no opinar, al albur de la demagogia desatada por emociones desbordadas. Si no, liderar, templar, poner lógica y racionalidad en las opiniones, y en las consecuentes acciones que de ellas puedan surgir.

Los seres humanos somos terriblemente falibles al dejarnos llevar por opiniones coyunturales. Debilidad que se multiplica por cien si subsumimos esa opinión en una masa amorfa sin racionalidad alguna, con alta susceptibilidad para ser manipulada por aquellos que se proclama su líder, su voz, y que suelen ocultar ambiciones desaforadas o intereses poco claros.

Animo a todos a revelarse contra la tiranía de la opinión única, por ser un modo de coerción invisible y no violento, que “deja el cuerpo y va derecho al alma” como decía Tocqueville, imponiendo la homogeneidad y reprimiendo la formación de individualidades originales.

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