“Tiempo de reflexión y conversión”. José Antonio Constenla

14 Abril 2025

La Semana Santa ha empezado y las procesiones ya recorren nuestros
pueblos. Muchos ya están de vacaciones y otros esperan al miércoles o jueves
para iniciar el éxodo, y pese al aumento de la increencia, cada día hay más
gente en la calle para sacar o ver esos tronos cargados de dolor y esperanza.
¿Espectáculo, o necesidad de trascender?
El hombre de hoy parece no tener tiempo para la trascendencia. La cultura es
de usar y tirar. La conversación se encierra en un tuit o en un whatsapp. La
religión es, muchas veces, superficial, aunque todavía quedan quienes tratan
de vivirla con un poco de profundidad. A la Semana Santa es de aplicación
aquello que decía John Henry Newman: “No es lo que hacemos, sino por qué
lo hacemos, lo que en última instancia importa”.
La historia de la Pasión es sencilla y, a la vez, misteriosa. El Domingo de
Ramos es el gran pórtico que nos lleva a los días santos. En él revivimos el
compromiso de Jesús que inicia la culminación de su vida terrena. Va a
Jerusalén para cumplir las Escrituras y para morir en la cruz, libremente
aceptada por amor a la humanidad.
Su pasión, muerte y resurrección son la prueba definitiva de que el inocente, al
convertirse voluntariamente en víctima, transforma el amor en la auténtica
medida de todo. El Jueves Santo, está muy presente el ideal de servicio que se
expresa en la celebración del lavatorio de pies. Jesús con ese gesto se
convierte en servidor de sus discípulos y nos invita a seguir su ejemplo. El
sacrificio es la clave para interpretar el Viernes Santo, porque Jesús muere
para salvar a la humanidad entera. Mientras que la alegría gozosa es lo que
caracteriza a la Vigilia Pascual, para celebrar que la luz triunfa sobre las
tinieblas y Jesús vence a la muerte.
Cada Semana Santa, Cristo ofrece la conversión que la sociedad necesita:
cambiar el camino del mal, de la insolidaridad, o de la violencia, por el camino
del bien, de la solidaridad, de la justicia, de la fe, de la paz.
De la noche en Getsemaní a la tarde en el Gólgota, la historia de Jesús de
Nazaret es demasiado humana para dejarnos indiferentes. Por eso, este es
tiempo para que el rostro del Señor se muestre en el corazón de cada uno de
nosotros. La entrada triunfante en Jerusalén nos muestra el rostro humilde de
Jesús ante la aclamación de un pueblo que lo recibe con júbilo. El rostro
afligido y angustiado de la noche en el huerto, dispuesto a que se haga la
voluntad del Padre. El rostro paciente y dolorido de la cruz. El rostro
sorprendente y glorioso de la resurrección en que nos devuelve la esperanza
en la vida nueva y eterna.
En la Semana de Pasión, Dios nos espera en las calles e iglesias. A solas, sin
testigos, aunque nos rodeen miles de personas. La pasión es dura, terrible y
exigente, pero como decíamos también alegre, porque a la muerte en la cruz
sigue la resurrección, por eso no hay nada más triste que un cristiano triste.

Como la fe y la alegría se celebran mejor cuando se comparten, la vivencia
auténtica de esta semana pide una armonización entre las celebraciones
litúrgicas y los ejercicios de piedad, como por ejemplo las procesiones, que con
su discurrir por las calles son verdaderas expresiones de fe.
Vivir la Semana Santa con Jesús y hacerlo con el corazón, es confiar en su
bondad infinita y decirle, Señor, “acuérdate de mí”, y que en la resurrección
también nosotros nos dejemos renovar por la alegría del amor y la misericordia.

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