
En España, los casos de corrupción se han hecho demasiado familiares y cotidianos en nuestras vidas. Se han convertido en un grave problema de carácter estructural que afecta al bien común y que se nutre y parasita los mecanismos del Estado y de la sociedad. La cuestión no es menor porque causa desafección política.
La corrupción no se combate con frivolidad y comprensión, sino con su rechazo absoluto. Por eso me parecen reprochables las declaraciones del ministro de Transportes, Óscar Puente, que haciendo gala de cinismo ha minimizado la contratación a dedo de Jéssica Rodríguez, ex pareja de José Luis Ábalos: “La gente no se pega por estos puestos de 900 euros”. Manifestando solamente estar “escandalizado” porque esta cobraba un sueldo público sin acudir a trabajar. Esta exhibición de frivolidad es un síntoma de pobreza intelectual y no parece que busque más que darle a la lengua como un papagayo adiestrado.
De las declaraciones del ministro puede deducirse que Jessica está bien enchufada porque cobraba poco. ¿Qué son 900 € entre 3,5 millones de nóminas públicas?, ¿Qué más da robar mientras sea poco? Resulta indignante el desdén con el que los socialistas hablan del dinero de todos, convencidos como dijo en su día Carmen Calvo de que “el dinero público no es de nadie”.
Estamos de acuerdo, 900 € no es mucho dinero, pero resulta que es el mío. O el de alguno de los más de cien aspirantes que había para esa plaza. O el del autónomo que agobiado sopesa dejarlo todo para preparar una oposición y ganarse la vida meneando papeles antes que generar riqueza por su cuenta. Una riqueza que, visto lo visto, no es para pagar hospitales, colegios y carreteras.
Jéssica surgió del móvil de Koldo del cartel de publicidad de un prostíbulo de lujo y Ábalos, ministro de Transportes en ese momento, se lio con la del anuncio y aquí surgió un caso de corrupción chusco, chabacano y vulgar, digno de la España rijosa de la “Escopeta Nacional” de Berlanga. Esa película que retrataba en 1978 la ranciedad y obscenidad de una clase política y empresarial que bregaba por sus intereses más espurios.
Que Ábalos llevara una vida disoluta es algo que sólo me causa indiferencia. También su coherencia como secretario de Organización de un partido que quiere prohibir la prostitución. Que de eso se ocupen los militantes socialistas. Lo que si me interesa es quien pago los gastos para que Jessica viviera en un apartamento lujoso, a la manera de las amantes mantenidas de los libros de Flaubert o Dostoievski; o para que acompañara al ministro en hasta 20 viajes oficiales, por ejemplo, a Londres, Abu Dabi o Moscú.
¿No es para tanto utilizar recursos públicos para pagar prostitución? ¿No es para tanto enchufar en una empresa pública a una mujer elegida por catálogo y que no iba a trabajar? La “sobrina carnal” del ministro, es una metáfora del sanchismo. Se jactaba de que su “sugar daddy” la mantuvo durante un par de años y no hace falta ser un experto en cartografía de los afectos para entender porque se terminó la “relación”. A Pedro Sánchez le duró más: fue durante seis años su hombre de confianza en el partido y en el Gobierno.
Cuesta creerlo, cuesta asumirlo y, sobre todo, cuesta encajarlo en una España que creíamos y aún creemos mejor. Ninguna democracia europea puede aguantar este nivel de corrupción institucional, moral, económica y de desgobierno.




