
Pocas cosas me acercan a la izquierda ideológica (muchas menos a la de este país), pero confieso que cuando hablan de “No a la Guerra” (¿Quién no está a favor de este lema?), me emociona pensar que esta puede ser una de ellas. Pero poco me dura la ilusión cuando veo que su manera de actuar, también en esto, es el cinismo en estado puro, con su dosis populista y la cantidad correspondiente de posmodernismo. El riesgo es que ese cinismo político, como señaló Peter Sloterdijk, lleva a la democracia iliberal porque hurta la argumentación racional en la esfera pública.
Confieso que tengo una especial devoción por los Papas santos Juan XXIII y Juan Pablo II, de ambos he aprendido que no hay guerras santas, ni guerras patrióticas, ni guerras salvadoras. La guerra en sí misma es una atrocidad sin paliativos y ha de ser el último recurso. Por eso, tenemos que trabajar y trabajar incansablemente por la paz.
Según la ONU, durante el siglo XX ha habido más de 150 guerras en todo el planeta, dos de ellas mundiales. Del mismo modo, y más allá de la brutalidad de los genocidios de Hitler, Stalin y Mao, ha habido otros en la República Dominicana (30 mil muertos en 6 días); Namibia (70 mil en 3 años); Chechenia (200 mil en 1 año); Japón (400.000 en 2,5 meses); Grecia (1 millón en 4 años); Asiria (750.000 en 4 años); Ruanda y Burundi (1 millón en tres meses); Camboya (2 millones en 4 años); Armenia (2,25 millones en 10 años).
Mi generación creció y maduró entre los algodones de una paz blanca engordada en privilegios que colocó la guerra en el pasado y hasta en el territorio de la ficción, y con ella, el dolor, el frío, el hambre, la muerte. Por eso, al parecer, no hay que asustar a la gente, ni favorecer un clima belicista. Pero a la vez hay que prepararse por si las cosas empeoran. Es decir, para la guerra. Lo están haciendo casi todos los gobiernos europeos, sin que se note mucho, para evitar problemas con los socios parlamentarios y de coalición, como hace Sánchez.
La guerra no ha dejado de existir. Sin embargo, ni siquiera nos resulta una posibilidad, aunque la tengamos aquí al lado, a unos pocos miles de kilómetros, como en los viejos tiempos europeos. Si esa guerra no termina con una paz justa, duradera y respetada por todos se abrirá un futuro incierto. De imponerse Rusia, Putin no se detendrá y continuará su expansión con una mayor alianza con China que crearía una fuerza política, militar y nuclear sin proporciones (sería prácticamente la mitad del planeta). De ganar Ucrania (altamente improbable) significaría la confirmación del poderío de la OTAN y en definitiva de su hegemonía global sin contrapeso y es difícil esperar que Rusia acepte vivir con esa amenaza. En fin, gane quien gane, lo que viene es otra guerra.
Aunque esta parezca irremediable y si llega es mejor estar preparados, no debemos olvidar que siempre nos queda un margen de resistencia. La paz no puede ser sólo el utópico anhelo de un mundo diferente, sino una constante aspiración. Recordemos que “La paz felicísima”, de la que habla Cervantes en El gallardo español, potenció la prosperidad de la que hoy goza una parte sustancial de la Humanidad. San Juan Pablo II decía que “La guerra no siempre es inevitable pero siempre es una derrota para la humanidad”, por tanto como también afirmaba San Juan XXIII, hay que seguir confiando en el hombre y en las posibilidades de un mundo en paz.





