
Cae la tarde. Todavía estamos aquí,
solo nosotros dos,
esperando a la médica de atención primaria.
Sentados.
23 días esperando.
Penitentes.
Traen heridos de tiempo,
de prisa,
de dinero,
de paraverdades,
de esperanzas pisoteadas,
de asuntos con ánimo de lucro
y de muchas otras intimidades.
Vienen y van,
de una a otra lista de espera.
—Estamos ante el caos —dijo uno.
Y apenas se ve
una pizca del surtido de la gran juguetería.
—Debemos confiar —dijo otro—,
estamos en manos de capaces decepcionistas,
facultados por el artículo 36.
Especialistas en captura física
y mental
del desdichado consumidor.
Vivo en una tierra hermosa
donde las mujeres tejen
y destejen docilidad.
Moisés estuvo aquí, en esta misma sala.
Pero él conoce a gente importante,
habló con alguien,
le abrieron las aguas
y pasó a la consulta
por la célebre puerta
de la gramática del misterio.
Solo dos quedamos:
nadie más.
Un venerable demonio y yo.
Pobre.
Se duele de sobrepeso,
se queja de palos en la tiroides
y de piedras en la comida.
Me dice:
—Contra las tristes colas del comunismo
vivíamos mucho mejor que con estas amigables colas
del capitalismo feroz. Es adorable.
Vaya, ¿no habrá nada mejor?
Me pregunto en mis adentros.
Y él, con adivinante calidez,
guiña a mi pensar:
—Dinero o dulces.
Las pantallas profieren noticias
manchadas de grasa anaranjada.
Se desparraman por los pensamientos
de la gente esperante,
dejando una insaciable hediondez.
Meten preso a un trovador,
por orden de un juez de la capital.
Le acusa de estribillos inmorales.
—¿Para qué sirve la paga de un soldado,
lo sabes?
Cantó.
.
Ay, querida niña.
El tiempo nunca sabe cuál es su lugar.
No le interesa,
porque a las palmeras poco les importan los vientos,
y solo se caerá
aquello que de caer está.
Esos pájaros vuelan en bandadas
al son del rebato de las campanas.
No son aves,
son bandadas de infectos asuntos pendientes.
Vivo en un imperio aturdido.
Pienso.
.
Ay, niña querida.
Trae flores,
trae plantas,
trae árboles
para las abejas y las aves,
porque el aire que respiras
es mercadería que no alcanzarás.
.
Continúa el anciano:
—¿Sabes? Están enfermos de sociopatía.
—¿Quiénes?
—Esos partidos políticos.
En particular,
los que dejan morir a la gente
en la ávida persistencia
de las colas y de las pilas.
Y los zombis vuelven a la luz del día, hambrientos de votos.
La decepción
no nace al alba del engaño.
Dicen las coincidencias.
.
Ay, niña.
¿Ves quién se aleja desapareciendo en la niebla?
Es el diputado que promete a los trabajadores quemados
que podrán hacer turismo de salud
produciendo valor durante sus vacaciones,
en un martirio con vistas al mar.
(¿Oyes eso?
Parece que un coro a bocca chiusa de parlamentarios avergonzados
canta algo ininteligible
para la gente corriente.)
Vivo en un estado demente,
donde los hombres buenos lloran
cada día un poco más.
(Y, claro, las mujeres, también.)
.
Le digo:
—Dime cosas interesantes.
Responde, alicaído:
—La vida es así por el camino,
pero el río que te la da
es de propiedad privada ahora.
¿Sabes?,
el vigoroso consumo de sedantes
anima el IBEX.
Disfruta.
Todo es un festejo.
Nunca fue tan fácil ser millonario
en este país.
Sentencia un tertuliano opulento.
.
Ay, niña.
El amor
se ríe,
se duele,
se mancha,
se guarda,
se empapa,
se llora a sí mismo,
dicen.
Y los hombres malos
siempre,
siempre,
odian a la humanidad.
Dicen las casualidades.
.
¿Qué hará la alondra
bajo el mediodía
en la parada del autobús,
tan lejos de su casa?
La gente está contenta:
un laboratorio resucita a los Reyes Católicos,
y condenan a prisión
a una golondrina sin papeles.
Tarda tanto el autobús.
Va lento por las curvas,
mientras los malos pensamientos
adelantan por el arcén de la derecha.
Vivo en la patria de los milagros.
Y si descansan las biografías en la noche,
me gustaría organizar safaris de estrellas.
Te invito.
Ven.
.
Ay, niña.
Cuenta capítulos de paz,
de aliento
y de gratitud.
Me gustaría cultivar chubascos
de belleza para ti.
¿Sabes?
.
Le pido:
—Dime una mentira que sea cierta.
Me dice:
—El agua que bebes está infectada de mercado.
Las niñas y los niños,
sin árboles,
¿dónde treparán?
Había un gusano que se creía libre,
pero ignoraba
que su tiempo no es libre sin dinero.
.
La enfermera explica:
—Noé ha secuestrado el autobús para llevar enfermos a Portugal,
a Fátima,
concretamente.
Le dicen
EL ARCA DE LA SALUD.
¡Con mayúsculas!
Pero no me interesa.
Está a punto de llegar mi turno.
También nos cuenta
que afuera hay diarios quemados
con floridas subvenciones de fuego amigo.
Y que sube la marea de gente punitiva.
Por eso
se han clausurado los vuelos
a Costa Utopía.
.
—Vives en un país borracho
—me dice el veterano Mefisto.
—Pero al menos a ti, al amanecer, te espera la vida.
Le confieso:
—Me levanto a deshora,
y al atardecer
solo espero simpleza.
Y entro al consultorio.
—Buenas tardes, doctora.
—No soy la doctora.
Soy Yoko Ono.
Pero tengo una idea.
¿Te hago una performance o te canto Imagine?
Dice, tan amable.
Y la sed de anarquismo
me devora.
…
J. Antonio Nóvoa. Febrero 2025.



