
Esta vez era cierto que venía el lobo. Los europeos llevamos mucho tiempo sin querer asumir que los “pérfidos” y egoístas americanos se han cansado ya de pagar nuestra seguridad. Ya lo advirtió Obama cuando apuntó que su prioridad era Asia y que Europa pasaba a un segundo plano. También Trump, en su primer mandato ya decía que la OTAN estaba enferma y que los europeos tenían que gastarse más dinero para recomponerla.
No quisimos creer que esto pasaría, porque astutos de nosotros, pensábamos que ellos serían los más interesados en frenar a los rusos y nosotros mientras tanto, podríamos seguir gastando en bienestar social, pensiones, carreteras, trenes de alta velocidad, salarios más altos, etc…, porque de la defensa ya se encargaba EEUU. Para pacifistas y buenistas nosotros. Recordemos a Sánchez, que vislumbrando un mundo bucólico de pacifismo beatífico entre los pueblos de la tierra, pensaba que era innecesario el Ministerio de Defensa.
Trump a los pocos días de su nueva Presidencia hizo saltar por los aires nuestra inconsciencia y comodidad al sentarse a negociar con Putin el fin de la guerra de Ucrania y Europa sufrió un vahído y se desnortó. En la Conferencia de Seguridad de Múnich se manifestaron dos visiones diametralmente opuestas y tal vez se enterró definitivamente el orden mundial liberal liderado por EEUU. La intervención del vicepresidente norteamericano transmitió el mensaje de que su país está reformando su sistema de gobernanza y que se espera lo propio de sus aliados, porque en sentido contrario, los valores compartidos que sustentan la asociación transatlántica desaparecerán, junto con la garantía de seguridad de EEUU.
Se acabó que sigan actuando como garantes de las instituciones multilaterales y del derecho internacional, lo que presagia la parálisis del sistema de Naciones Unidas y de la globalización económica.
El vértigo y la incertidumbre embargan a las cancillerías occidentales. Nada queda de los años ochenta, en los que políticos como Miterrand, Thatcher, Kohl, Andreotti, Delors, Palme o Felipe González, que, con visión a largo plazo, pretendían construir una Europa fuerte que mantuviera sus valores fundacionales. Hoy, los líderes europeos, están más preocupados por su supervivencia política que por reconocer lo que está realmente en juego.
Europa, el mejor proyecto teórico que ha alumbrado la humanidad, es hoy una coalición de burócratas que repiten mantras sobre la multiculturalidad, los derechos humanos o la ecología. Su declive no es un fenómeno reciente. Durante décadas su capacidad de respuesta ante los desafíos globales ha sido claramente insuficiente. Y en un mundo donde las superpotencias imponen sus reglas, la UE es vulnerable porque se ha construido sobre la base del derecho y no del poder militar o la coerción económica.
Hemos inaugurado una nueva época de la historia mundial y la Unión debe cambiar si quiere dejar de ser irrelevante y rearmarse como sujeto político en todos los ámbitos. Es hora de renovar liderazgos fallidos e incompetentes, desplegar la fortaleza de una potencia económica, ser autónomos en materia de defensa y tener una única política exterior común.
¡Europa despierta ya!, de lo contrario sucederá aquello que decía Mijaíl Gorbachov, “el que llega demasiado tarde es castigado por la vida”.



