“Ana María Matute, eterna mientras existan las palabras”. Alberto Barciela

25 Febreiro 2025

Ana María Matute confesó haber abandonado la tartamudez de su miedo interno bajo los bombardeos, quizás la gaguera de la vida la despistó entre el retumbante martilleo de la máquina de escribir, su artilugio mágico del tiempo, con el que inventaba eras, mundos, modos y vidas, una cultura del decir encabalgado de palabras, de cuentos y novelas, nacidos desde el tiempo precoz, muy niño y muy frágil, tan doloroso como las lacerantes llagas de un país herido de sí mismo, maltrecho de atraso e incultura, contuso de desentendimiento, hambriento entre heridas provocadas por hermanos, destinadas a permanecer en la memoria para siempre, a veces en la ignominia, en los cementerios, en las cunetas, en los rencores y en los usos ideológicos prolongadamente inmaduros. Pueblo bárbaro y genial, cruel hasta en lo festivo.

Érase una vez en que, muy en especial, las niñas, “mujeres recortadas”, se salvaban de las tormentas propias y ajenas, del enfrentamiento entre desheredados de un imperio, descalzos y hambrientos, con su vocación. En el caso de Ana María Matute con la extraña proclividad de la literatura. Los azules eran cielos grises, los rojos, ocasos sangrientos; el 98, un socavón psicológico llegado de ultramar; la república, el descoronamiento de una esperanza baldía; la guerra un fracaso civil y militar; la dictadura bajo palio la consecuencia, el sometimiento a un destino descorazonador, autárquico, en blanco y negro de sesión doble tras el NODO.

“Con alivio, he comprobado que toda la música del mundo, la audible y la interna -esa que llevamos dentro, como un secreto – nos la inventamos. Igual que aquel soñador convertía en gigantes las aspas de un molino, igual que convertía en la delicada Dulcinea a una cerril Aldonza. Inventó sensibilidad, inteligencia y acaso bondad – el don más raro de este mundo- en una criatura carente de todos esos atributos, (¿Y quién no ha convertido alguna vez a un Aldonzo o Aldonza de mucho cuidado, en Dulcineo o Dulcinea…?).” Eso lo dijo así, con esa belleza, con la cadencia de lo hermosos por puro, apelando a la benevolencia del público cuando aceptó ser reconocida por su dedicación, entrega de voluntad y amor, con el Premio Cervantes. Un escritor manco, de locos, de rocines flacos, salvó a una escritora cuerda, sensata, maravillosa.

En día de la entrega del mayor galardón de las letras en Español, gozaba Matute 85 años y conservaba, sobre una silla de ruedas, como de reina, el candor de la infancia difícil, el mirar como perdido para no herir, la voz emocionada de la verdad, la menos de la suya, de una vida más de papel que real, mas inventada que cierta, acompañada aun de su “Gorogó”. Ese día, en Alcalá de Henarés, estuvo aquel muñeco:” Gorogó, estás aquí – mi mejor invento -, estás a mi lado, viejo amigo, en este día inolvidable, con tu ojo derecho ya nublado, como el mío, aunque ya no luzcas aquellos cabellos negros, hirsutos, de limpiachimeneas dickensiano, aunque falten los botones de tu frac azul… ¡Cómo nos parecemos, Gorogó!”

“La osadía que impulsa a los adolescentes y a los ignorantes y a los fabricantes de inventos y de sueños”, también encontraron su eco en el Paraninfo engalanado por su propia magnífica historia. El mismo escenario que escuchó los titubeos emocionales de tantos grandes: Jorge Guillén, Alejo Carpentier, Dámaso Alonso, Jorge Luis Borges, Gerardo Diego, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Luis Rosales, Rafael Alberti, Ernesto Sábato, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Buero Vallejo, Carlos Fuentes, María Zambrano, Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares, Francisco Ayala, Dulce María Loynaz, Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, José García Nieto, Guillermo Cabrera Infante, José Hierro, Jorge Edwards, Francisco Umbral, Álvaro Mutis, José Jiménez Lozano, Gonzalo Rojas, Rafael Sánchez Ferlosio, Sergio Pitol, Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Juan Marsé, José Emilio Pacheco. En la sala magna en la que habría de retumbar, como eslabones posteriores de una misma cadena, las resonancias cautivas del genio de Nicanor Parra, José Manuel Caballero Bonald, Elena Poniatowska, Juan Goytisolo, Fernando del Paso, Eduardo Mendoza, Sergio Ramírez, Ida Vitale, Joan Margarit, Francisco Brines, Cristina Peri Rossi, Rafael Cadenas, Luis Mateo Díez o Álvaro Pombo. ¡Cuántos inventores de maravillas!!Cuántos compañeros para una de las voces más personales de la literatura española del siglo XX y, para la por muchos, considerada como la mejor novelista de la posguerra española!

Ella quería elogiar a los descubridores, a los inspirados, a los creadores. Y se reveló como bióloga jardinera: “Y continué inventando invenciones, y viene a mi memoria un día en que inventé el «arzadú»… Brotaba esporádica, espontáneamente, cuando buscaba el nombre de una flor. Si existía, vivía sólo en la memoria de su delicadeza, su color, su perfume, aunque no constara en ningún libro ni catálogo de botánica. Y, así, llegó un día en que estudiosos y minuciosos profesores y escolares americanos se interesaron por el arzadú, y me brearon a preguntas: no lo encontraban por ninguna parte. Y yo, cobarde, me presté a seguir inventando el arzadú. Tuve que continuar inventándolo durante años, incluso me vi obligada a dibujarlo en las pizarras, y variaba su color, del rojo al blanco, según me pareciera pertinente… “

Ana María Matute creyó siempre que “el que no inventa, no vive”. Por eso será eterna mientras existan las palabras y yo pueda depositar a sus pies un ramo de “arzadús”, de ese brote de hermosura capaz de curar todas las heridas, como Gorogó y su inocencia compartida. En junio hará cien años que nació una esperanza hecha de palabras, quizás puedan salvarnos de nuevo de nosotros mismos.

Alberto Barciela

Peridoista

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