Hace unos días en la Casa Blanca a preguntas de un periodista sobre el bajo
gasto en defensa de algunos países de la OTAN, Trump singularizó a España
diciendo que su gasto es “muy bajo”.
La seguridad es esencial para proteger la paz y la convivencia, y posibilitar el
desarrollo personal y colectivo. La protección frente a las amenazas preserva
vidas, garantiza a instituciones y empresas operar con normalidad y a los
ciudadanos ejercer sus derechos con libertad.
Durante las siete últimas décadas, los europeos hemos disfrutado del período
de paz, prosperidad y libertad más amplio de la historia. Sin embargo, el mundo
en el que vivimos no es el de la paz perpetua como soñaba Kant. Más bien se
parece a la locución latina homo homini lupus, el hombre es un lobo para el
hombre. Quizás acertaba De Gaulle cuando decía que la paz no es la condición
natural entre los Estados, sino que “el mundo está lleno de fuerzas opuestas y
la vida internacional, lo mismo que la vida en general, es una lucha
permanente”. Es una visión bastante pesimista, pero francamente realista.
La inversión en Defensa es el “dividendo” o precio que los países deben pagar
por la paz y la seguridad. Y es de justicia decir que hasta ahora han sido los
EEUU los que han asumido nuestra factura. Algo que los últimos presidentes
americanos, republicanos o demócratas, han señalado que no quieren ni
pueden seguir haciendo.
El gasto de Europa en armamento está muy por debajo del de sus potenciales
agresores. En España, los expertos coinciden en que no tenemos la proyección
armada que correspondería a la cuarta economía de la eurozona. En los
últimos años hemos aumentado el gasto en Defensa un 75%, hasta rozar los
20.000 millones de euros. Aun así, somos el país de la OTAN con menor
presupuesto militar, y para alcanzar la media de nuestros socios habría que
duplicarlo y triplicarlo para llegar al de EEUU. Como otros, llevamos décadas
posponiendo ese gasto bajo el paraguas protector estadounidense.
El objetivo fijado en el seno de la OTAN de elevar el gasto militar al 2% del PIB,
no es que vaya a estar obsoleto en 2029 sino que ya lo empieza a estar en
- El próximo, una vez rebajadas las exigencias iniciales de Trump del 5%, estará al menos en el 3% y sólo para alcanzar esa cifra España tendría que
invertir el equivalente al gasto de pensiones de noviembre, cuando tuvo que
abonar la paga mensual y la extra de Navidad.
Esta cifra se antoja imposible teniendo en cuenta nuestro gasto público en
sanidad, pensiones o financiación autonómica; políticas que ningún partido
cuestiona. Sin una reflexión colectiva sobre la “cultura de defensa”, asumir ese
coste no será sencillo, porque la sociedad no está dispuesta a hacer sacrificios,
ya sea pagando más impuestos o aceptando recortes en el Estado de
Bienestar.
Los prejuicios, las resistencias históricas y las convicciones son difíciles de
gestionar. Por ello, es preciso construir consensos, no solo con los ciudadanos,
sino también con los que toman las decisiones. De lo contrario, los
presupuestos y las inversiones terminarán decayendo, con las implicaciones
negativas que ello supone.
Hay que dejar de lado el buenismo infantil y la falsa sensación de seguridad,
que no es real. Ver a España como un país neutral es de lo más ingenuo que
se puede pensar. La política de defensa será uno de los debates que marcará
la agenda de los años próximos.



