“El valor de las tradiciones”. José Antonio Constenla

05 Xaneiro 2025


La Cabalgata de Reyes se celebra cada 5 de enero por la tarde o al atardecer,
siguiendo la tradición, antes de que los Reyes dejen durante la noche los
regalos en las casas. Es mucho más que un desfile, es un momento en el que
la magia cobra vida y las calles se llenan de la alegría e ilusión de los más
pequeños. Sin embargo, en este 2025 en algunas ciudades, por cuestiones
climáticas propias de la época, se ha adelantado un día su celebración,
alterando una tradición centenaria (el primer rastro documentado de una
cabalgata data de 1866).
Me gustan las tradiciones, su sabor añejo me hace revivir el pasado y regustar
lo que hicieron quienes vivieron antes que nosotros. Son comportamientos que
la sociedad comparte y se trasmiten entre generaciones. Esta pervivencia a lo
largo del tiempo le confiere notas de permanente e inalterable y, según
algunos, hasta de sagrado y eterno. Cada pueblo se caracteriza por sus
costumbres y tradiciones que pasan de generación en generación y que son
como un signo de identidad que obtienes al nacer y no quieres deshacerte de
ellas.
Valorar las tradiciones ayuda a conectar con las raíces culturales y apreciar y
celebrar las cualidades únicas de nuestro patrimonio. Esto puede ayudar a
construir puentes entre generaciones y fomentar un sentido de unidad entre los
miembros de la familia y las comunidades. Por ello, sin los referentes efímeros
nos es imposible aprender de nuestros padres, comunicarnos con nuestros
coetáneos y enseñar a nuestros hijos. Y no hay, por lo tanto, memoria,
comunidad, ni cultura.
La tradición es el conglomerado de ideas, costumbres, sabores, conceptos,
rituales y sentimientos que nos dan estabilidad y nos reconfortan cuando
estamos cansados. Algo así como un hogar para nuestra conciencia. Lo
explican muy bien los versos del poeta palestino Nizzar Qabanni, la tradición es
lo que hace que amemos más el pan y el café de nuestra madre, a pesar de
que, al fin y al cabo, no sean sino pan y café corrientes. Por eso, no puedo
imaginar cómo se puede vivir sin algún tipo de tradición, en una mudanza
perenne, en un mundo en el que todo mute sin descanso de forma y de fondo.
El origen al desprecio por la tradición lo tenemos que buscar en la empanada
colectiva del 68 que la incluyó en el legado de la “derecha ultramontana”. No
entendieron que estaban ante unos hábitos humanos arraigados y muy
efectivos para la felicidad de la gente, y provocaron el enorme desconcierto que
ahora nos atenaza. El error del prohibido prohibir que buscaba flores bajo el
asfalto, y sólo encontró el metro, fue no entender que aquellos eran valores
transversales que estaban fuera de la confrontación ideológica, y cuya
conservación no implicaba ningún pérfido derechismo, sino justamente la
garantía del progreso social.
Personalmente no sólo no participo de esa tontería, sino que milito en las
tradiciones que conforman mi identidad tanto personal como nacional. La
tradición es un canto a la dignidad de nuestra identidad, un homenaje a las

generaciones que nos han construido. Despreciarlo no mejora la sociedad.
Sólo hace que se sienta más perdida, más triste y más desconcertada.
El maestro Tolkien decía que no debemos despreciar las tradiciones que nos
llegan de antaño pues guardan en la memoria cosas que los sabios de otro
tiempo necesitan saber, y que, si les diéramos más valor, este sería un mundo
más feliz.

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