“Es Navidad”. José Antonio Constenla

23 Decembro 2024

Cada año al llegar la Navidad, me invade el espíritu festivo con todos sus
componentes: escucho villancicos, visito belenes y por supuesto, escribo mis
Christmas. Hoy los que recibo llegan por e-mail, atrás quedaron los
personalizados y manuscritos con los que la gente se felicitaba.
Uno de los recuerdos más preciosos de mi niñez es la colocación del
Nacimiento, que empezaba por el Portal y se iba ampliando poco a poco con
figuras dispares: el castillo de Herodes, las palmeras, los romanos, las gallinas,
el río de papel de aluminio, el corcho de las montañas o el algodón de la nieve.
Esta sensación infantil regresa cada año como un regalo generoso de mi mujer
(¡qué haría sin ella!) que es quien decora y coloca nuestro Belén familiar, no
sólo con gusto, sino con la fe de que quien prepara su casa para la llegada del
niño Dios que nos nace.
Crecí creyendo que Jesús es el centro de la Navidad, y que sin Él nada tiene
sentido. Por eso, me apena que en tantos hogares ya no se coloque este
precioso signo de amor, sustituido por otras decoraciones vacías y sin sentido.
Aunque en mi infancia ya conocí el advenimiento de Papá Noel, dispuesto a
desbancar a los Reyes Magos, ahora hemos importado tantas costumbres que
uno se pierde. Nunca supe lo qué era un elfo, ni quien era Rudolf, el reno de
nariz colorada que me resulta francamente simpático.
Las familias se reunían para celebrar juntas, cantar a voz en grito, charlar y
comer y beber todo lo que el estómago pudiese soportar, para terminar con los
turrones, mazapanes y polvorones sin los que la Navidad habría quedado coja.
Todo regado con sidra El Gaitero (“famosa en el mundo entero”). Nos
embargaba la nostalgia al recordar a los que ya no estaban, nos
emocionábamos con los anuncios de turrones y de Lotería Nacional y
celebrábamos que se acababa un año y nacía otro en el que volver a proyectar
esperanzas e ilusiones.
Pero verdaderamente, la Navidad es otra cosa, es la celebración del amor de
Dios, que se hace presente por medio de la fragilidad de un bebé, símbolo de
vulnerabilidad y pobreza. Es la constatación de la humildad de un Dios que nos
hace valorar la sencillez como actitud fundamental y necesaria. En el fondo, es
un momento de humanidad y humanización.
La alegría sincera de la Navidad no nace de los rutilantes reclamos del
consumismo, sino de saber que la felicidad no depende de la riqueza, ni del
poder. Surge de la convicción de que se puede alcanzar si somos capaces de
disfrutar de las pequeñas cosas que la vida ofrece. Como dice mi mujer, la
felicidad es como los relojes, cuanto más sencillos mejor andan, y se encuentra
en la paz, y esta, en la sencillez y la bondad. Por eso le digo a mi hija que
aunque la vida sea una cosa muy seria, debería ser más sencilla, justa, bella,
agradable y feliz.
La Navidad es época de esperanza, solidaridad, redención y reflexión sobre los
retos que enfrentamos como individuos y como pueblo. Por eso, si estás

pasando por un momento difícil de tu vida, mira a ese Niño y hazte como él,
pequeño, ábrele tu corazón, en confianza y háblale de tú a tú. Quizás es un
buen momento para contarle lo que te pasa, para sentir su compañía. En
Belén, en la radical inocencia de un Niño, en el amor más puro, está el mensaje
de la civilización humana y debe ser como afirma Washington Irving, la
estación para encender el fuego de la hospitalidad en el salón y la llama genial
de la caridad en el corazón.

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