“Cuento de Navidad”. Juan Salgado

24 Decembro 2024

Cada año, la madrugadora noche de este día nacido para el Misterio y anclado en el obligado rito del encuentro familiar te lleva, con las tempraneras sombras de la tarde que agoniza, camino de vuelta a donde fuiste feliz, al calor de la lumbre de una madre afanada en las viandas de la hartura y a apurar, con el puchero que hierve en el hogar tocando a generala, los últimos saludos de reencuentro en el bar de la esquina con tantos amigos que la demora de los días te devuelve para retroalimentar el chute de euforia y saudade con que resistir hasta el próximo verano.
Y el pueblo todo torna a la algarabía, al primitivo sentimiento de pertenencia, al chovinismo de la propia autoestima de saberse entre los propios al lado de tantos paisanos retornados por unos días de sus vacías vidas en la emigración a Suiza, Francia o Alemania, huérfanos de palabras y sentimientos; de los obligados guetos de País Vasco o Barcelona con la permanente obsesión de aprender con urgencia acentos que oscurezcan la avergonzada procedencia de maquetos de segunda clase, como se sienten. Con tantos estudiantes idos como para dejar al pueblo sin la fuerza motriz de la juventud en los nevados inviernos de fogón y tute, rosario y televisión. Los mismos que ahora, cuando las vidas encaran los postreros atardeceres otoñales retornan, tantos años después, en añorada búsqueda de aquellos primeros alborozos infantiles ignorando, ¡ay!, que nunca se debe volver a los lugares y a los tiempos donde un día fuiste feliz.
-“Cando faltemos, seguro que vendes a casa e canto temos e xa non vas volver polo pobo” era la habitual letanía con que tu madre embadurnaba de nostalgia y melancolía, celosa de no tenerte todos los días, la generosa cena de afectos, complicidades y besos.
Porque siempre has añorado ese sentimiento de ternura que te inspira la Navidad, entre huidizo y complaciente, entre caduco y obsequioso incluso en los cariñosos reproches del afecto. En la masiva presencia de la misa del gallo donde los recios semblantes de los paisanos, de los obreros de nervudas caras templadas en el yunque de los fríos amaneceres, de las persistentes nevadas, ensayaban una tosca carantoña de forzada ingenuidad en el beso a la pequeña efigie del Niño hecho milagro y que el sonajero del monaguillo recogía cual obsequiosa ofrenda en el repetitivo ritual de limpiar los pies de la miniatura artística tras cada besuqueo.
Y las panxoliñas al pie del árbol de la plaza empezada la madrugada, con sus tímidas luces dibujando un pobre y monótono parpadeo, tan míseras como esa ilusoria imagen de opulencia en las vacías cajitas de cartón que colgaban del abeto, tenían, tras la misa de medianoche, todo el candor de las desafinadas voces del pueblo siguiendo los acordes de las guitarras juveniles más acostumbradas a las fiestas veraniegas que a los ancestrales villancicos. Pero había euforia, y sonrisas, y el gozoso hermanamiento de todo un pueblo calentando los sabañones de la añoranza en la hirviente taza de chocolate que apretaban los dedos de las manos dando sentido y razón a la noche, traduciendo al contento de la confraternización la cristiana simbología de unas fechas que el tiempo y la modernidad se han encargado de desdibujar en los actuales días de euforia consumista ayuna de ritos, significados y creencias.
-Ven, xa estamos todos, vamos a cear. Es la cariñosa voz familiar que te devuelve al presente, a la perpetuación del rito, a la ceremonia de mesa y mantel para el obligado inventario de decires y aconteceres, chismes y padeceres varios del año que termina.
Pero es, también, la voz de alarma, la instantánea ráfaga que te sitúa en las más frescas remembranzas de los momentos actuales, tan distintos de los lugares de la infancia, donde, ahora, la soledad de un pueblo condenado al vacío te devuelve la imagen de la plaza sin el añorado abeto, la amplia avenida jaspeada de los ornamentales plátanos de sombra en esquelética imagen que hace transparentar con más crudeza la sucesión de puertas cerradas y unas pocas y tímidas chimeneas zozobradamente humeantes, como desazonador grito de una vida que antes se medía por el bullicio de las calles y que ahora se aherroja, puertas adentro, en la íntima y caducifolia nostalgia de ver pasar los días sin más anhelo que el de saberse haciendo cola en espera del violinista de piedra que les conduzca, cual redivivo Hamelin, al último camino de sus vidas.
Ya no hay panxoliñas al pie del árbol y en la ausencia de encuentros y abrazos, hasta la nieve se ha vuelto huidiza, como asustada de ver la inutilidad de su manto blanco derritiéndose sin un pie que lo horade camino de la Misa de medianoche ni una pala que construya senderos imposibles, como los primerizos dibujos de cuando, de niño, jugabas a adivinar paisajes.
Quedan, sí, como en la película de Barrachina, unos pocos héroes “resistiendo en pie como los muros de este pueblo hasta que se me han doblegado las rodillas, hasta que el peso de la falta de ilusiones me ha doblegado”, que musitaba entre tierno y afligido Ángel, el protagonista.
Y la tan ofuscada como estéril rebeldía de la frustración propia claudica ante la inutilidad del lamento melancólico, haciéndote partícipe, culpable, de ese lento pero inexorable dejarse ir en espera de que otros obraran el milagro que no se produjo. Pero ya nada volverá a ser verdad. Ni los dos millares permanentes de ingenieros y obreros construyendo los caminos de hierro de los años veinte del pasado siglo y que propiciaron entre los nativos una acentuada ansia por formarse, ni los batallones de generales y soldados alegrando las carnavalescas calles en tiempos de la oprobiosa, ni los entusiasmados villancicos vividos al son de una guitarra que dormita, tan indolente como irreverente, en el rincón del salón de tu casa.
La insistente llamada al festín familiar cierra, inoportuna, la remembranza de los tiempos idos para traerte al evocado presente de la triste Navidad de un pueblo condenado, entre la lumbre y las palabras, al estremecedor destino que el protagonista de El violín de piedra sentenciaba como inamovible losa del destino, “Cuando un pueblo se muere, nada nace ya”.

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