
En una conferencia en Buenos Aires, Ortega advertía a los argentinos que en lugar de dedicarse a “suspicacias o narcisismos” y a batallas culturales inútiles, se centrasen en sacar su país adelante. Hablamos de una época en la que este era una potencia económica. Situación que perdió precisamente por no seguir estos consejos.
En nuestra cultura hay una fuerte tendencia a confundir dinámica e hiperactividad con eficiencia y eficacia, intentar hacer muchas cosas a la vez, olvidando el refrán de que “el que mucho abarca poco aprieta” o el no menos conocido “if you run after two hares you will catch neither” (si corres detrás de dos liebres no atraparás ninguna), que siguen vigentes. Por eso, planificar y centrarse en lo esencial supone un desafío titánico y una verdadera proeza.
A nivel país concentrarse en lo esencial es trabajar para resolver problemas como el paro (especialmente el juvenil), reformulando las políticas de empleo, lo que a su vez servirá para revertir los bajos niveles de productividad laboral. Mejorar el sistema educativo para responder a las necesidades de la sociedad y aumentar la inversión en investigación. Garantizar la seguridad jurídica y la independencia de los jueces, o implementar la red de infraestructuras básicas para facilitar el desarrollo económico. Pero el que tiene la responsabilidad de gestionar el país prefiere en lugar de centrarse en lo transcendente hacerlo en el narcisismo, en las batallas culturales estériles y en las diferenciaciones artificiales.
Una de sus políticas preferidas es el oportunismo, y por ello, es capaz de aprovechar cualquier cosa que le sirva para obtener ventaja o beneficio. Ahora ha decidido resucitar a Franco aprovechando que el próximo año se celebra el 50 aniversario de su muerte, buscando con ello estigmatizar al centro derecha como si fuera franquista. La España en libertad que reivindica, lo es gracias al Rey Juan Carlos, a Suárez y la UCD, a Felipe González y el PSOE, al PCE de Santiago Carrillo, a la AP de Fraga y a tantas otras formaciones y personas que tuvieron un claro compromiso democrático.
La Constitución de 1978 es la gran obra de la Transición. Ha permitido que gobiernos de distinto signo se turnen sin ninguna dificultad y que España haya sido un ejemplo entre las democracias. Por cierto, sus aliados son los que precisamente quieren acabar con ella.
A punto de acabar el peor año del presidente del Gobierno, que ya es decir, con su mujer y su hermano, con el que fuera su mano derecha en el PSOE y en el Gobierno, además de con el fiscal general del Estado desfilando ante los tribunales. La imagen, no sólo del Gobierno sino del país, ya es un deplorable espectáculo que traspasa fronteras. España ha pasado de ser admirada por su ejemplar transición democrática a denostada por los atentados del Gobierno a la independencia judicial, por sus políticas radicales y populistas y por su inseguridad jurídica.
Es pronto para saber qué lugar le reservará la historia a Sánchez. De todos modos, existe cierta unanimidad en señalar su contumacia en reducir a escombros el sistema constitucional. El catálogo de desaciertos es extenso y exhibe como principal característica lo innecesario. Casi todo lo que ha puesto en marcha en estos siete años era, es, innecesario. No lo demandaba la sociedad española. Y ya se sabe que lo innecesario es, por principio, un error.



