
Cuando biológicamente pasamos del otoño al invierno, me miro al espejo y veo un árbol.
Un árbol joven, aun no dio sus primeros frutos, pasado el tiempo florece, es hermoso, tan hermoso que a él acuden las abejas, polinizan otros árboles y la vida continua.
Observo como la hoja se convierte en flor y esta. enamorada se convierte en fruto.
Y el árbol da vida, embellece el campo, su frescura, su aroma, el azahar se expande.
El día de la Candelaria, unos pajarillos enamorados se posan en mis ramas, forman un hogar, una familia.
De mis raíces nacen unos retoños, lo cual indica que llegado el día, mi vida se expandirá en otra vida, no he pasado en silencio, dejo huella.
Se va la primavera, que dura lo que dura, un suspiro, como la vida misma, ¿qué es la vida? un suspiro.
Y llega el otoño, con sus desnudeces, una rama vieja que se poda, otra enferma, que se limpia.
Y así paso la vida.
El triste invierno, ya sin fruto, sin hojas, sin pajarillos que te canten, como un viejo escuálido abandonado.
A veces te convierten en soporte de posaderas, o palo de escoba, otras veces te incineran, otras mueres de viejo.
Así es la vida como ese viejo árbol, ni más, ni menos, eso somos, pasamos por todas las estaciones, y al final en el aserradero, nadie recordara tu hermosa florida primavera.
Otros tendrán la suerte, los menos de ser convertido en papel y luego en libros, leídos y olvidados, eso es la vida, un triste olvido.
¿Quién recuerda al abuelo del abuelo?



