“Peligro y triunfo de la mediocridad”, José Antonio Constenla

19 Agosto 2024


Confieso que me causa estupor y preocupación contemplar cómo se afianza la
mediocridad en todo lo que nos rodea y ello a pesar de que no me sonroja
reconocer que me equivoco más de lo que debería, y pese a que intento
aprender de mis propios errores, desafortunadamente a menudo me siento
más cerca del tiempo verbal imperfecto que del pluscuamperfecto.
Es difícil definir a la persona mediocre. Del latín mediocris, la RAE lo hace
como “de calidad media, de poco mérito, tirando a malo”. Tal vez se podrían
ampliar esta descripción señalando que es una persona que aparenta cierta
solemnidad, que se disfraza para ocultar sus propias carencias, o que gusta de
usar una retórica grandilocuente llena de palabras banales.
La mediocridad destruye familias, empresas, gobiernos, naciones y pueblos. Es
un bombardeo sistemático contra la inteligencia y una plaga imparable y
devastadora. Al mediocre, consciente de su enfermedad degenerativa, le gusta
rodearse de clones para que nadie se atreva a superar su grado de
mediocridad, ni se note en exceso su “malformación congénita”.
El mediocre miente por sistema, ningunea, se mofa cínicamente, desprecia y
ofende a conciencia. Cuando es aupado a la cumbre, desde ella, dirige con
prepotencia y actúa despectivamente para que nadie ose desacreditarlo. Suele
ser una persona negativa que ante cualquier situación su respuesta será
negativa. En definitiva, es un cerebro sin muebles, un cuadro en blanco, o una
película sin guion.
La mediocridad es una miseria de la condición humana, una característica de
todos los grupos humanos que no depende de la raza, ideología, sexo, edad,
formación, o cualquier otra circunstancia personal.
De manera especial desde hace mucho tiempo se atisba, en general, una
creciente y enorme contaminación endémica de mediocridad en el homo
hispanicus, al punto de hacer que impere la “ley del bonsái”, o lo que es lo
mismo, la necesidad de podar las ramas que sobresalen para preservar la
uniformidad de la planta. Con esto se busca evitar que alguien brille por su
talento o trabajo, con tal de no destacar por ser diferente. Esta filosofía ha
estado especialmente presente en nuestro sistema educativo, que ha
favorecido el cultivo de la mediocridad a lo largo de los años, con sus ideas de
la no discriminación y la igualdad por abajo.
Los mediocres, como también los psicópatas sociales, narcisistas o amorales,
siempre buscarán defectos en las otras personas, en especial las más cultas,
educadas, inteligentes o destacables, porque su principal diversión y
herramienta para subsistir será criticarlas. Hay mediocres por todas partes,
mires donde mires, por lo que es bueno ignorarlos, lo malo es cuando no queda
más remedio que vivir bajo su gobernanza y de esto los españoles sabemos
bastante.

El riesgo que corren las sociedades llenas de mediocres es que éstos pueden
lograr el desmoronamiento irremediable de la civilización que conocemos,
conseguida durante siglos gracias al esfuerzo y al talento de los que nos
precedieron.
Sólo cultivando el ideal de belleza, la inteligencia, el talento y la bondad
tendremos una vacuna eficaz frente a la mediocridad reinante.. Me quedo con
la frase de Henry Ford, “La mediocridad es el peor enemigo de la prosperidad”.

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