“La Taberna de Gumersinda”. Alberto Barciela

17 Agosto 2024

En la Playa de Arealonga de Chapela-Redondela.

Cerca de mi infancia existen una playa y una taberna, un bar en el que se vendían comestibles. En el establecimiento de la playa de Arelonga, en Chapela, escuchaba ensimismado a aquellos hombres con boina y pitillo en los labios. Daba oídos, una y otra vez a los relatos de navegaciones, o a los avatares de fábricas de conservas, o a los incidentes inusuales narrados con detalle. Incidían en los temas, rutinarios, que se repetían lenta, parsimoniosamente, entre humos de “Celtas” sin emboquillar, o ya gran lujo, entre fumaradas de “Goya” o “Ducados”. Los hombres, siempre eran hombres, hacían aspavientos, y en sus voces estropajosas los relatos, cuentos sin duda, adquirían tintes alejados de lo prosaico, pero que se convertían en leyendas a los ojos de un infante.

Las soledades marinas, las de los navegantes y orilleros, parecen inspirar unas mentes audaces, animadas si duda en sus vuelos por la seguridad terrenal de una taberna, en este caso la de la señora Gumersinda, que en su quietud física navegaba entre los vientos de imaginaciones alentadas por alcoholes del ribeiro o condados, servidos en palomitas manchadas de azul o directamente de los toneles.

Los relatos gozaban de la fuerza de la sugerencia improvisada, entre desinhibidas relaciones, con desenfado. A mi me permitían volar con la libertad de las gaviotas, sin encadenarme a ningún otro mástil que el de la inocencia. Aún hoy, no puedo desistir del compendio de falsos creíbles que me ha cobijado. No voy a renunciar a lo que me define, aunque me alarme saberme poseedor de convencimientos construidos con retazos. Nunca he dejado de bracear para no ahogarme en mentiras, siquiera en las piadosas. Es lo convenido con los genes.

La playa era el lugar en el que me gustaba estar en mi niñez; aquél era mi espacio. Allí, en su taberna prodigiosa, aprendí que la arena oculta un universo; que el mar compone su propia sinfonía, plena de acordes y vaivenes con los que escribe historias de naufragios, de sirenas, de piratas, de tesoros, de trasatlánticos, de islas lejanas y de ballenas; que existen estrellas fugaces y marinas; que las caracolas transportan en su interior mensajes milenarios todavía indescifrables; que los vientos y la luz presagian el sol o la lluvia; que los paisajes nacen en el infinito, irrepetibles, distintos cada atardecer; que la línea del horizonte es el principio de la imaginación; que la sombra es la hora de la naturaleza. En la arena son visibles todas las huellas salitrosas. Hasta las latas oxidadas o las botellas sin mensaje o los retazos de salvavidas, las porcelanas desportilladas, con sus borrosas inscripciones, sugieren la existencia de otros mundos, de otras posibilidades, de otros sabores, de antiguas singladuras, de innumerables dramas y de alegrías infinitas…

Vivo embadurnado por los prodigios sugeridos por un universo infantil en el que cada ola fue la esperanza de la siguiente, en el que cada piedra había sido arrojada fuera de su lugar por la la tempestad o por el hombre, en el que cada historia no duraba más de una marea.

Cerca de mi infancia está un universo mágico, evocado ahora por la lectura de Cunqueiro, de su “La Taberna de la Galiana”, esa colección de textos arrumbados en un libro, lejos de las pantallas y de esas aglomeraciones que han destrído irremisiblemente el paisaje de una tiempo y un lugar. La taberna de Gumersinda es como la Taberna de Póngalas en Mondoñedo; la de El Padre Benito, de la Raiña en Compostela; el Casal de Acuña, que fue pazo; en la carretera de Cangas a Bueu; el chigre de Lorito, en Estaca de Bares, en donde “curvados de nordés, medran dos carballos de copa retorcida y escasa”; el Mesón de la Cruz, citando una taberna da Terra Chá; Taberna de Cabo, en Goás, Abadín, donde se puede oír cantar la perdiz de tierra cereal; o la taberna de la Puente, en las Invernegas mindonienses. Entre Chapela y Mondoñedo existe la distancia de ann cunca y la admiración a un maestro que me hizo recordar lo que ya solo existe en la imaginación prodigiosa.

Alberto Barciela
Periodista

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