La frase de la presidenta de Italia Georgia Meloni a la salida de las
negociaciones que la excluyeron del reparto de poder entre populares,
socialdemócratas y liberales en la Unión Europea: “La gente ha votado una
Europa más concreta y menos ideológica”, introduce un tema interesante, la
desideologización de la política.
Las ideologías son algo más que posiciones puramente políticas. Son valores y
convicciones sociales, éticas y personales que pretenden la conservación del
sistema (ideologías conservadoras), su transformación (ideologías reformistas),
o su restauración (ideologías reaccionarias). Estos valores se acompañan de
un programa de acción que busca acercar en lo posible el sistema real
existente al sistema ideal pretendido.
La obsesión por la desideologización que surge abarca todas las esferas de la
sociedad. La universidad ha cambiado la búsqueda de saberes por las ofertas
del mercado. Los medios de comunicación dejan a un lado la interpretación de
la noticia, la investigación periodística, el debate vivo y la objetividad. La
sociedad deambula frenéticamente con ojos estáticos por los escaparates de
los almacenes buscando objetos inútiles. Se aparcan a su vez la reflexión, el
intercambio de ideas, la conversación y se delega la función de pensar en la
inteligencia artificial.
Los partidos políticos también tienden a desideologizarse y a convertir su
discurso electoral en una suerte de presentación de cuentas de resultados de
una empresa, quedando a un lado cualquier tipo de debate sobre acuerdos,
programas o posiciones de uno u otro gobierno. Esta especie de vergüenza en
publicitar la ideología propia hace que para maquillarla se presente con
denominaciones genéricas como moderada, centrista, liberal, democrática.
Creo que esta pérdida de identidad ideológica puede acaban conduciendo al
desencanto democrático y a la extensión de los separatismos que,
curiosamente, sí publicitan con claridad lo que piensan frente al resto.
Exigir a los partidos que tengan una ideología y que la publiciten no es un
asunto baladí. Esta presupone elaborar un pensamiento fundamentado que
exige una actitud consecuente con los principios que se profesan. Cuando los
partidos carecen de ideología, o la maquillan, entonces van dando vaivenes a
remolque de la supuesta opinión pública. En último término, y aquí surge el
problema, esto llevará a los votantes a desconfiar de las propuestas electorales
y a incrementar la desafección política.
Los medios de comunicación también tienen su parte de responsabilidad en la
certificación de la muerte de las ideologías. Nos muestran los perfiles de los
políticos como simples administradores del bien común, sin una visión concreta
de la sociedad que quieren construir, más allá del socorrido solucionar los
problemas que afectan a sus electores. Reducen la política a una cuestión
comunicativa y publicitaria.
¿A quién beneficia la desideologización? Beneficia a quien prefiere enfrentar un
debate vacío (y si no hay debate, mejor) sin fondo, sin sustancia, sin enjundia.
Ciertamente, me gustaría soñar que no estamos entrando en una de esas
etapas oscuras de la humanidad, con un sistema social que se desmonta a sí
mismo, en una sociedad mundial que señala el fin de la ideología, con una
ideología sin ideología.



