“Tiempos verbales”. Alberto Barciela

15 Xuño 2024

No sé en que justo momento, si es que lo hubo alguna vez, perdimos el rumbo político y el social. No identifico en qué instante se distrajeron las referencias de los valores esenciales para la convivencia, para el entendimiento, para la discusión constructiva y la búsqueda de consensos básicos. Más lo cierto es que estamos desorientados en medio de nieblas que siquiera responden a ideologías exactas, y que nos están alejando de la centralidad, a la que tanto se apela, para expandirse hacia los siempre intolerantes extremismos, cuando no hacia dictaduras, tiranías o, incluso, Estados fallidos. Siquiera la vieja y pondera Europa parece salvarse de la asoladora corriente de los tiempos.

La impresión es que los poderosos se denotan poseídos por la tendencia a sentir acrecentada su percepción de valía individual, excluyen con frecuencias las referencias de verdad -la construyen incluso a su medida-, y acaban por verse dolorosamente carentes de una relación auténtica con el mundo exterior. La aceptación de la honestidad común, los intereses compartidos, la educación y el respeto a quien piensa diferente, la libertad, los valores democráticos, la paz, se ven así amenazados por intereses espurios, ajenos a la preocupación general por los ciudadanos, por la gente común y su cotidianidad, por los servicios públicos y el bienestar.

Lo ha resumido muy bien la escritora y periodista turca Ece Temelkuran, cuando escribió que “Occidente también está experimentando lo paralizante que resulta presenciar tragedias cuando estas se entremezclan con irracionalidades, servidas con despiadadas mentiras por bufonescas figuras políticas (…) El único aspecto positivo de este laberinto político y moral de alcance mundial es que ahora estamos todos juntos en él, ningún país se salva, y por eso debemos aferrarnos unos a otros para encontrar la salida.”

Las costuras del mundo se han tensado. Todo semeja querer estallar. Surgen por doquier tendencias disgregadoras, reflujos nacionalistas. Los populismos ofrecen soluciones falsas, milagrosas, a problemas verdaderos a los que los partidos serios no aportan soluciones efectivas, sencillamente porque no resulta fácil o no pueden. Y todo se enreda en un flujo de informaciones distorsionadas, mentirosas, intencionales, manipuladas, de densidades desconocidas, extrañas, inabarcables. Malabares turbios. Infinitas pequeñas trampas, minúsculos laberintos de tropelías, esquivas maniobras oscurantistas, en territorios globales sin fronteras, propicios a las mafias y a todos los males imaginables.

De alguna manera hay que volver a los mitos fundacionales: la patria, la familia, el amor, la realización personal, el esfuerzo, el respeto por el otro, el reconocimiento de los valores, la cultura. Deberemos releer a pensadores como Adriano, filósofo estoico y epicúreo, que allá por el siglo I de nuestra era, advirtiendo que “precisamente porque espero poco de la condición humana”, escribía que “los periodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios, que casi compensan la acumulación de males, fracasos, incuria y error. Vendrán más catástrofes y ruinas, el desorden triunfará, pero de tiempo en tiempo, el orden también. La paz reinará otra vez, las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán el sentido que hemos tratado de darles.” En las palabras encontraremos esperanza, que hemos de confirmar con hechos.

Necesitamos algo más que soluciones coyunturales, precisamos con cierta urgencia de una confirmar una seguridad en nosotros mismos, en la humanidad y en la civilidad, en un proyecto compartido y fiable al que aferrarnos, hay que conjugar un futuro de todos, y para eso necesitamos líderes capaces cuando menos de dialogar. Por ahí se ha de empezar. Eso creo.

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