“Errar de infinitos”. Alberto Barciela

04 Maio 2024

Anda el mundo en sus circunstancias, no pocas desalentadoras. Entre ellas, cada uno semeja andar a lo suyo -menos yo, que diría el paisano, que ando a lo mío-. Transaccionar -negociar, convenir- consensos básicos sobre temas esenciales: la salud, la paz, la democracia, la libertad, el respeto, la educación, el bienestar… evocan sueños literarios, calderonianos, más propios de segismundos ilusos, de quijotes perturbados, que aspiraciones realistas de sencillos ciudadanos, dispuestos a vivir conforme a las demandas de un cierto sentido común, sometidos a unas mínimas normas de convivencia y aceptando algún desistimiento de estériles egoísmos personales, ideológicos e incluso geográficos.

Como a Paul Auster, fallecido estos días, creo que de una forma genérica, tenemos la impresión de que “siempre seremos felices en el lugar en el que no estamos”, u obteniendo aquello que no poseemos y que ansiamos, o evadiéndonos en la soledad de las enredadas pantallas, o viviendo vidas ajenas guionizadas por un plataforma audiovisual o trasladada por un correveidile cualquiera. La cumbre del paradigma puede ser ese turismo desaforado, que más que experiencia parece correr tras récords que suponen visitantes aglomerados en espacios concretos, a horas específicas y dispuestos a pagar cifras astronómicas por vivir un instante de felicidad aparente a precios de definitiva, experiencias frustrantes.

Algo falla, no solo en la industria del viaje, sino en todos los ámbitos: hay parados por millones pero se demanda mano de obra; tenemos a las generaciones mejor formadas pero han de emigrar; no se puede vivir en las ciudades -precios, falta de vivienda, aglomeración- pero el rural maravilloso se queda vacío; tenemos el mejor sistema sanitario pero no es capaz de soportar la demanda ordenada; vivimos una crisis demográfica pero no somos capaces de acoger con criterio a los inmigrantes; gozamos de todas las alertas climáticas pero seguimos destruyendo el planeta azul; nos sentimos solos, amenazados, en lo global … los mayores y los jóvenes se dicen desamparados, las mujeres excluidas… y no hablemos de las zonas de conflicto, de las guerras, de las hambrunas, de los sistemas mafiosos disfrazados de democracias liberales, de la inseguridad digital….

Y, pese a todo, sabemos que tiene que existir un momento de eclosión -esperemos que no sea nuclear-, de revolución, de cambio. Una transición -ojalá tan hermosa como la que nos contó la ponderada y desaparecida Victoria Prego, excelente persona y mejor maestra de periodistas-Es más que necesaria imprescindible, pero más allá de la política ha de llegar desde la ciudadanía, desde la puesta en común generosa de las verdades que nos atenazar y que necesitan encontrar una alternativa más allá de lo ideológico extremista.

Auster decía que “la vida es simultáneamente trágica y cómica, al mismo tiempo absurda y profundamente significativa.” Hay que experimentar la felicidad aquí en donde estamos, en este ahora, pues no hay otro, y como decía un sabio gallego, Fray Benito Jerónimo Feijoo,

“solo de un modo se puede acertar; errar, de infinitos.” Hemos de atrevernos a cambiar, sin rencores, y encontrar la alternativa al desastre al que estamos condenándonos.

Alberto Barciela
Periodista

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