
“El cansancio de las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones; su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el precansancio de tener que tenerlas para perderlas, el pesar de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían tal fin”
Si la memoria no me falla, creo que es la segunda vez desde que perpetro la escritura que abro un texto con estas amargas pero hermosas frases del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. Por algún motivo cada cierto tiempo retornan a mi como un bumerán que no creo haber lanzado, mas con toda seguridad haya hecho en algún momento de mi vida. Dudo que existan palabras tan bellas y precisas, en el género que sea, para describir ese estado de ánimo que me aborda de cuando en cuando al volver la vista atrás un instante, y poder así otear mejor el horizonte que se aproxima.
No es que mi naturaleza se revuelque constantemente en el pesimismo y la melancolía, pero supongo que avanzar hacia el ocaso es lo que tiene: comprobar que muchas de tus ilusiones han quedado fuera de tu alcance. Aceptarlo a regañadientes y con cierta amargura es un proceso obligado aunque no guste, sobre todo cuando muchas veces aun te sientes condenadamente joven dentro de tu cabeza.
Hay quien pueda ver en este modo de pensar una suerte de autocompasión, pero sinceramente creo que es un ejercicio natural e incluso necesario; dudo que sea mucho mejor hacerse el moderno cuando estás más cerca de los cincuenta que de los treinta. Cubrirse de filtros puede que funcione bien en las redes, pero cuando te miras en el espejo tras ducharte ves lo que realmente eres por fuera: piel que se arruga, carne que cuelga y huesos que envejecen. Nada más. No hay filtros, ni cremas antioxidantes, ni gimnasios que valgan para evitarlo. Si tienes capacidad económica, podrás pincharte botox; ponerte pelo, tetas o culo para sentirte mejor y seguramente funcione una temporada, pero será eso, una temporada. Habrás perdido tiempo y dinero en conseguir un poco de atención y amor propio; quizá un cumplido; puede que incluso hasta un polvo, nada menos, pero en la gran mayoría de los casos ahí se queda, y no será de otra manera. Los halagos y la impostura se evaporan como el rocío de la mañana y después nos quedamos a solas con nuestro cerebro. A ese es realmente al que hay que cuidar y educar para que nos respete el mayor tiempo posible aunque, si les soy sincero, tampoco es que servidor lo haya tratado demasiado bien.
Es un hecho que el inevitable avance del reloj va de la mano con ese cansancio de las ilusiones de las que tan certeramente habla ese bendito portugués; un cansancio que en mi caso a veces me conduce hacia el cinismo o incluso a una falsa sensación de superioridad. Tampoco es nada malo siempre que sea en su justa medida; lo verdaderamente importante es ser consciente de ello e intentar compensarlo buscando un ápice de felicidad propia o ajena al menos una vez al día. Con eso puede ser suficiente para no caer en los senderos de la amargura de nuestra mortalidad.
Suspiro.



