Arrancó la campaña electoral de las elecciones autonómicas gallegas, con la tradicional
pegada de carteles. Entiendo que para muchos fuera una noche rutinaria sin más, pero
para otros se dispararon las emociones y comenzó una carrera contrarreloj, donde todo
tiene su punto de pasión, de cosquillas en el estómago y de nervios a flor de piel.
Durante las próximas dos semanas los partidos tratarán de seducirnos con sus
programas, sus encantadores selfis, sus mejores sonrisas y alguna que otra promesa, que
se hará con plena conciencia de que será imposible de cumplir y de la que nada se
volverá a saber después de pasar por las urnas. Todo vale, no hay filtro ni límites para
alcanzar los objetivos políticos.
A la pregunta de si la campaña es útil, imprescindible o necesaria, nada podremos
concluir con certeza, pero de lo que sí estoy convencido es que experimentaremos la
extraña sensación de vivir en dos mundos distintos y hasta paralelos: descubriremos que
Galicia puede ser al tiempo un paraíso y un páramo, según el mitin o la tertulia política en
la que se participe.
Decía Shopenhauer que el cambio es lo único inmutable. Esa máxima es la esencia de la
campaña electoral, porque los ciudadanos se ven abocados a juzgar una vez cada cuatro
años si el Gobierno merece repetir confianza, o por el contrario debe llegar la oscura y
pérfida oposición. ¡La soberanía popular, lo llamamos! Sin el motor del cambio,
seguramente el concepto más utilizado en comunicación política, no se entenderían las
campañas electorales. Ni las modernas ni las antiguas.
No sé qué esperan ustedes, pero a mí me gustaría que los candidatos nos hablasen de
programas, propuestas y de visión de futuro, Sin troles a sueldo embarrando las redes
sociales, viralizando insultos o videos difamatorios. Y sin la esquizofrenia política de
aquellos partidos que rechazando la lealtad institucional, sólo pretenden enredar a la
opinión pública con denuncias de mala gestión y milagrosas recetas, con las que
pretenden alcanzar el poder al precio que sea.
Quiero una política en la que se debata y se asuma el disenso desde la concordia en la
línea de J. Habermas. Y por eso, son necesarios los debates electorales serios,
sosegados, reflexivos pero emocionados, que desde la confrontación democrática sean
capaces de dejar a un lado el revanchismo, los odios y las ambiciones personalistas.
Me gustaría que el futuro presidente de Galicia fuese honesto y humilde. Que me hablara
de proyectos posibles sin renunciar a lo imposible. Que no piense sólo en el futuro sino
también en el presente. Que defienda siempre los legítimos intereses de Galicia sin dudar.
Que no ejerza el poder pensando en la relección ni en la carrera política de partido.
Para todo esto creo que debe servir una campaña electoral: para mantener viva la pasión
por la política como espacio de construcción y convivencia, revitalizando la democracia.
Alguien llegó a afirmar en cierta ocasión y a mí me parece muy bien, que las campañas
electorales son la antesala de la fiesta de la democracia. En una boda, sería la despedida
de soltero. Pues de ser así, lo que toca será disfrutar.
Por cierto, a mí en las cosas importantes y la política lo es, no me gustan los
experimentos y porque Galicia se lo merece todo, yo tengo muy claro a quien voy a votar.
“Agresións, vexacións e torturas” – José Manuel Pena
Desde Amnistía Internacional e algúns medios de comunicación están a denunciarse varios casos de agresións, vexacións e torturas, por parte dun grupo de militares españois, cara a algúns migrantes africanos chegados á cidade autónoma de Ceuta, algúns deles menores de...



