
Quienes por exigencias profesionales estamos habituados a las sesiones de control del Gobierno en el Parlamento autonómico creímos asistir, el lunes, a una repetición más de una de esas nada fructíferas sesiones –esta vez multiplicada gracias al cuatro contra uno- que vienen a poner de manifiesto, semana tras semana, los dispares caminos que en Galicia siguen la política, por un lado, y la sociedad civil, por el otro.
Si, como se tiene dicho, la convocatoria electoral fue decidida -por quien tiene la potestad para hacerlo- en el momento más propicio a sus conveniencias y alejada de todo plano beligerante para no alborotar el gallinero electoral, el propio debate estaba concebido, desde la perspectiva del PP, como continuación de aquella filosofía de mínimos como bien evidenció su candidato sin apenas entrar –y fue pena en algún bloque concreto- en la exigencia a la oposición de análisis más esclarecedores.
La oposición, por su parte, y para decepción general, volvió a los mantras habituales que entiende más beneficiosos a sus conveniencias electorales, sin pararse –como premonitoriamente advirtió Rueda- en la veracidad de los datos aportados, la obsolescencia de muchos de ellos cuando no, sencillamente, la falsedad. Como paradigma de ese bucle en que se halla metida desde la pérdida del poder en 2009, la oposición no renunció a volver al lugar común de la Sanidad, el tema más propicio a la demagogia si no se hace con la seriedad, contraste de políticas y análisis de la casuística que se genera en su entorno. Al olvidarlo se cae, como fue el caso, en el más deleznable populismo, como se hizo el domingo anterior en una manifestación que convirtió, como cuando los pellets, las siempre legítimas causas de los pacientes en mercaduría electoral de la peor calaña. Hasta el melón de la Educación quiso abrir una incauta candidata olvidando las ratios, rankings y profunda transformación seguida por la política de la Xunta, tomada como ejemplo –véase FP- en otras comunidades.
Pero los electores esperábamos más, mucho más, además de criticar –por lo civil y hasta por lo criminal, como literalmente ocurrió- una gestión de Gobierno que todos conocemos de muy primera mano, en sus aciertos y en sus carencias, porque son políticas que nos van al bolsillo y a nuestros derechos individuales y colectivos.
Se esperaba que los aspirantes a sustituir a Rueda nos avanzaran las líneas programáticas de las políticas económicas en vez de esos anuncios generalistas de crear más industria, así ¿por decreto? ¿En qué sectores prioritarios?. Que nos hablaran de la política laboral más allá de ese milagro de Marta Lois al apuntarse para sí el crecimiento del empleo habido, ¿Será que Sumar paga a los nuevos trabajadores contratados?. Que adelantaran –más allá de ese brindis al sol de limpiar las playas los 365 días del año que avanzó el BNG- algunas líneas de acción respecto de la pesca, en uno de sus momentos más críticos por las intransigencias de la UE. Y, por supuesto, de la agricultura –ni una sola palabra mereció en el debate- en esa Galicia vaciada a la que no se le prometió no solo incrementar servicios, sino, siquiera, parar el desmantelamiento –bancos, correos, potencia eléctrica, internet…- que padece históricamente. Ningún detalle de infraestructuras capitales para la economía, de políticas de colaboración e intercambio con Portugal, del Corredor Atlántico, de la política de Puertos, de la gestión de la riqueza forestal…
Por eso, conviene decirlo ya, lo mejor de la noche televisiva fue el pre y post-debate que la TVG nos ofreció como aperitivo de lo que sería tan anodina sesión. Al menos aquí sí se reflexionó por los invitados que acudieron, aunque fuera someramente, sobre los grandes ejes que deben marcar el progreso del país, especialmente con la intervención de una María Bastida dispuesta a no dejar pasar el mínimo atisbo de populismo -de los muchos que hubo- y que tan certeramente denunció desde su acreditada experiencia profesional.
Pero por encima incluso de lo que queremos para Galicia en los planos económico o de bienestar social, el debate era quizá por primera vez capital para saber a dónde quiere conducirnos la oposición en la configuración del Estado y de la propia Autonomía, especialmente a raíz del comportamiento del BNG en el Parlamento del Estado y en otras acciones al sumarse a la defensa de los presos de ETA, al ser abanderado en el rechazo de la Monarquía o al apoyar con su voto políticas claramente discriminatorias para Galicia y muy favorecedoras para Cataluña. Y éstas son, disimúlenlo como quieran, verdades del barquero.
Si acertó Rueda al desenmascarar el proyecto de monolingüismo que el BNG se propone para Galicia –el indisimulado nerviosismo de la candidata del BNG así lo evidenció-, estuvo por el contrario en una actitud demasiado negligente –manifiesto error de sus asesores- al exigir la clarificación de esas políticas que atañen a la propia configuración del Estado y a Galicia dentro de él y que tanto importan para nuestro devenir hasta el punto de merecer, esas sí, una consulta a los gallegos todos si del caso fuera. Que puede. Porque eso es lo que, de verdad, está en juego en estas elecciones y se esconde a los votantes.



